12 MARZO 2016

© 2015 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2015
Localizacion
Berlín (Alemania)
Soporte de imagen
-35 MM- SFX 200 (800)
Fecha de diario
2016-03-12
Referencia
3399

DIGRESIÓN DOCE. Sócrates. Juicio y muerte de un ciudadano. Texto: Mario Gas y Enrique Iglesias. Dirección, Mario Gas. Intérpretes: José María Pou, Carlos Canut, Amparo Pamplona. Antes de empezar, en la localidad por encima de la mía, un tipo contaba que llevaba mucho tiempo sin ir al teatro, que antes de separarse de Carmen (su “ex”), ni siquiera se planteaba la opción teatral, pero que no era culpa de Carmen, que en todo caso era suya (un “ex” con complejo de culpa). Carmen era inocente de eso; aunque eso sí, aclaró que a ella solo le interesaban las películas de Jean-Claude Van Damme. A mí se me antojaba que sí, que algo de culpa tendría Carmen; pero el tío se expresaba de una manera tan simplona que se me quitaron las ganas de decírselo. Otro individuo, muy gordo y descuidado, se sentó en la butaca de al lado. Estaba solo. Por fin la obra. Me temía lo peor, el nombre de Mario Gas lucía en los títulos de crédito como autor y director. Para empezar, le colocó a José María Pou la misión cívica (con la representación iniciada), de aleccionar a los espectadores sobre el grave inconveniente que supondría que encendiéramos los móviles, o que hiciéramos algo que pudiera  desconcentrarles, como toser, sin ir más lejos. Era algo así como “cuidado, artista trabajando“. Al parecer, a los actores, que cobran por su trabajo, naturalmente, lo que verdaderamente les importa es lo suyo y solo lo suyo. Cuando, si a alguien molesta mucho las interferencias en la representación es a los espectadores, que además somos los que pagamos. Pero eso, a ellos, no les importa gran cosa, o al menos no lo dicen, solo somos el público y a callar, salvo para aplaudirles, que eso les gusta mucho. Lo que resultó molestísimo es que lo dijera el actor protagonista (que se supone que era nada menos que Sócrates) y no una aséptica y servicial voz en off y siempre antes del inicio. Al parecer, el señor Gas, toda la vida haciendo teatro, todavía no se ha enterado que a lo que vamos los espectadores es a introducirnos en la magia atemporal de la historia, como si fuéramos parte de ella. Creérnosla. Con recomendaciones e imperativos naturalistas la magia se va a la mierda. Hay que ser gilipollas. Antes de que sucediera nada significativo en la obra, y a modo de pedagógico prólogo, largos minutos de innecesaria y molesta introducción al perfil biográfico de Sócrates (las gentes notoriamente de izquierdas como Gas, se consideran autorizadas para rescatar de una supuesta ignorancia a las masas). Tampoco pareció importarle a Gas (del tal Iglesias, el otro libretista, nada sé) colocarnos una interpretación o “creación” sobre Sócrates plagada de alusiones a la ramplona contemporaneidad de la política española actual, o eso me pareció ver. Gas ama el glosario ideológico “podemita”, y se le nota. Y además es “moderno”, o eso pretende, siendo tan viejo ya. Esa “modernidad” se significó en todo; en la puesta en escena, por ejemplo, afectadamente “original” con los intérpretes apareciendo en escena con atuendos blancos playeros, como si estuvieran en un “resort” caribeño  (luego se ponen las túnicas, pero eso ya no se lo cree nadie). Los autores buscaban interesadamente la conexión del mundo filosófico de Sócrates con la más rabiosa actualidad, pero no les salió ni una cosa ni otra. Es decir, un hibrido nada sugestivo que nos llevó al borde de la “cabezadita”, pero como estábamos en la primera fila no habría quedado bien, y seguro que habrían mandado al bueno de Pou a que nos regañara por distraerles con nuestros ronquidos (por cierto, de eso no nos advirtieron humildemente al principio, solo de que tosiéramos). No contentos con las advertencias iniciales, poco antes del fundido en negro final, con la muerte de Sócrates, Pou nos dice que en unos instantes podremos encender los móviles. Es imposible mayor estupidez: romper la supuesta tensión dramática (que no habían logrado) con una información tan obvia como innecesaria. Banalizaciones en aras del buen rollo, “modernito” y superficial. A las almas de los agitadores “podemitas” les encanta pastorear a las masas con recetas populistas y confraternizadoras ¡¡¡Qué se vayan a tomar por el culo!!! La única idea del mundo socrático en la que los autores se entretienen es la de la fidelidad a los principios y en lo injusto que puede ser un supuesto poder establecido, que en este caso, aun siendo democrático, está corrompido ¡¡¡Cómo no!!! (la eterna y atemporal casta). Ah, y que los buenos siempre ganan a los malos porque moralmente son superiores (es decir, ellos mismos). El gordo que estaba a mi lado, poco después de empezar la representación, sacó un cuadernito del bolsillo y se pasó la obra escribiendo prácticamente a oscuras. Nunca me había encontrado algo parecido. Me pregunté si sería capaz de concentrarse en lo que decían los actores y escribir al mismo tiempo. Yo no sería capaz, desde luego, porque mientras que pensara las palabras para el cuaderno, se me escaparían las que los actores me dirigían. Pero el tipo parecía enterarse de todo; sería un crítico que tomaba notas y que llevaba décadas sin aparecer por el gimnasio. Ah, y su afán constante y manipulación del cuadernito me distrajo bastante (me debí chivar a Pou señalando al obeso grafómano). Lo actores estuvieron rematadamente mal, o al menos a mí no me llegó su trabajo que fue rutinario y hasta aburrido. Sin textura ni emoción. Sin embargo, Amparo Pamplona, estuvo inmensa en un monólogo que interpretó a un par de metros de nosotros. Como si nos lo ofreciera especialmente. Fue genial verla trabajar ahí, al alcance de la mano. Pou, solo estuvo profesional, con oficio, pero en ningún momento alcanzó la elevación y la magia de sus capacidades del grandísimo actor que es. No obstante, debo estar equivocado, porque además de que el lleno fue absoluto, los aplausos y ovaciones duraron mucho, luego gustó, hasta el delirio. Yo también aplaudí y no entiendo por qué; sería por mera cobardía o miedo a enfadar a Pou, que recibía los aplausos muy cerca y muy complacido. Las reclamaciones a Gas, claro, al que se le veían las intenciones y el mensaje. Dice en la presentación de la obra: “…dedico este espectáculo al pueblo griego. Y a su gobierno (podemitas), esperando que el caso de Grecia sirva para que avance la Europa de los ciudadanos y retroceda la Europa del gran capital”. Lo que no decía es que la Europa de los ciudadanos consiste en que la fiesta la paguen otros, siempre otros. Este tendencioso individuo, a pesar de su provecta edad, no se ha enterado de que las cosas cuestan dinero, incluso hacer teatro (lo que genera dinero es la gestión del capital) y que lo que les gusta a los dichosos ciudadanos son las películas de Van Damme, como a Carmen, y que, por cierto, también necesitan del capital para poder realizarse.    

Pepe Fuentes ·