24 MARZO 2016

© 2016 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2016
Localizacion
Toledo (España)
Soporte de imagen
-35 MM- SFX 200 (800)
Fecha de diario
2016-03-24
Referencia
6694

LAS OVEJAS MILENARIAS II. Ya estaba bien de frío y pérdidas, guardé la bicicleta en el maletero y, con la vieja cámara pequeña, decidí dar una vuelta por las inmediaciones. A unos doscientos metros hay una casa de labor de una finca que se encuentra en un estado completamente ruinoso. Desde el año dos mil cinco, de vez en cuando, he realizado visitas al lugar. Aunque aparentemente abandonada, no lo está. La semana anterior estuve y donde pensaba que ya no habría nada ni nadie, al asomarme por un hueco de una pared ruinosa, al otro lado de un patio donde se acumulaba escombro y maleza, en el hueco de una especie de chamizo oscuro aparecieron dos ovejas milenarias que me observaron fijamente, serias, circunspectas y vigilantes hacia mi indecorosa violación de su silencio. Nos quedamos paralizados, ellas y yo, durante unos interminables momentos en los que nos miramos intensamente. Finalmente, fui yo el que me retiré azorado. No llevaba cámara. Sí, hace ahora diez años, ya vi ovejas en ese mismo lugar, bastantes, ahora solo quedaban dos. Parecían muy viejas y misteriosas. La lana les llegaba al suelo. Eran como dos enormes bolas de lana sucia de las que emergían las cabezas que eran todo ojos. Durante una semana, el recuerdo obsesivo de la imagen de las ovejas reclusas me había perturbado, no podía olvidarlas y hoy se me ocurrió volver a buscarlas, a intentar fotografiarlas. No pensaba acercarme a ellas, me daban mucho miedo. Deduje: donde hay ovejas hay un pastor que me recibirá con hostilidad, seguro. Ya en otras ocasiones, hace años, el supuesto pastor, desde lejos, me había gritado para que me marchara del lugar. Siempre apareció de la nada, como por arte de magia. En las ruinas, con la estructura de madera de las cubiertas derrumbadas sobre cuadras y distintas dependencias, salvo en el cobertizo donde habitaban las ovejas, no se veía a nadie, ningún ruido ni señales de que pudiera estar habitado. Salvo por ellas, las milenarias  y solitarias ovejas. Me acerqué con miedo hasta donde las había divisado días antes. Aparecieron súbitamente, pero esta vez me miraron un instante y se volvieron apresuradas hacia la oscuridad del chamizo. Hice una toma rápida, sin enfocar apenas, y me alejé impresionado por el enigma del lugar…    

Pepe Fuentes ·