25 MARZO 2016

© 2016 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2016
Localizacion
Toledo (España)
Soporte de imagen
-35 MM- SFX 200 (800)
Fecha de diario
2016-03-25
Referencia
5050

LAS OVEJAS MILENARIAS III. Volví al coche y constaté, una vez más, que no tenía las gafas y en el coche tampoco estaban. Dejé la cámara, ya no tenía película, y me dispuse a intentar encontrarlas recorriendo más o menos los lugares por dónde me había movido fotografiando bellos árboles secos. Podridos, polvorientos. Desde donde me encontraba, en misión imposible, divisé que el pastor invisible se había hecho presente, por arte de magia, como siempre hacía. Avanzaba por el camino bordeado por árboles muertos que llevaba hasta donde tenía el coche. Encogido por el frío, supuse, caminaba lentamente. Llevaba una prenda con capucha y su figura oscura, en la distancia, parecía amenazante. Me dije, antes de que me grite para que me vaya, seré yo quien me acerque y procuraré averiguar su secreto. Fui hacia él. Unos metros antes de reunirnos comprobé que se trataba de una mujer. Di los buenos días, respetuosamente, saludo al que no contestó y enseguida me preguntó qué hacía allí, que era una propiedad privada en la que no debía estar. Contesté que solo daba un paseo con mi perrito, que en ese momento se acercó como a saludar, y se volvió a ir, indiferente a la nueva circunstancia que nos había caído encima. Le pregunté si era la propietaria de todo aquello. Me contestó que sí. De unos setenta años, vestía con un pantalón amplio y chaqueta acolchados, tipo prendas de nieve, viejas y sucias. Se cubría la cabeza con un pañuelo mugriento y encima la capucha del anorack. Su cara ajada denotaba descuido y falta de higiene. Llegados a este punto, uno frente al otro, a mí, como intruso, me correspondía decir algo amable, porque ella ya había dicho lo que tenía que decir: que me largara. Comenté, a modo de tímida disculpa, que me gustaba el campo y los caminos de fincas que nunca sabía dónde iban a parar, pues me había criado en una (aun siendo verdad el argumento, difícilmente cabe mayor estupidez, sencillamente porque las fincas tienen dueño que no tienen porqué ser sensibles a mi curiosidad emocional). También la informé que estaba buscando mis gafas de sol que había perdido por la zona. Ella recibió mi tonta justificación con absoluta indiferencia. Probé por otros derroteros más sensatos y procuré interesarme educadamente por la que al parecer era su finca, completamente devastada, arrasada por el tiempo y el abandono…    

Pepe Fuentes ·