23 JUNIO 2016

© 1985 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
1985
Localizacion
Huelva (España)
Soporte de imagen
-120 MM.- AGFA 25
Fecha de diario
2016-06-23
Referencia
2416

DIGRESIÓN CINCO: El Club (2015), Chile. Dirección: Pablo Larraín, que también interviene en el guión, junto a Guillermo Calderón y Daniel Villalobos. Intérpretes: Roberto Farias, Antonia Zegers, Alfredo Castro, Alejandro Goic, Alejandro Sieveking. Más de lo mismo (ayer). Sí, mantenía enormes expectativas sobre esta película (en torno a la treintena de críticas a las que he echado un vistazo son elogiosas hasta la exaltación, unánimes sin excepción), sin embargo, y a pesar de que tanto la temática como la anunciada puesta en escena me resultaban interesantísimas a priori, la impresión que tuve al verla más bien cayó del lado del frío estupor. No, no comparto el entusiasmo de ninguno de los autorizadísimos y prestigiosos críticos. Se trata de lo que les ocurre a cuatro o cinco curas que se apartan del camino recto que dicta la iglesia y la ley. Son culpables, ellos mismos lo reconocen, y por ello se encuentran  confinados en una casa donde se supone que purgan sus culpas, al margen de la ley ordinaria, claro. Luego la iglesia, como es connatural en ella, elude su responsabilidad con la justicia del estado donde se han producido esos delitos y, lejos de ponerlos en conocimiento de la ley, es ella la que se encarga de administrar “justicia”. La historia se desarrolla en un pueblo costero de atmósfera sombría y bellísima luz crepuscular. Los cuatro curas, más uno que llega después pero desaparece enseguida, más otro, una especie de agente de seguridad, junto a una monja también extraviada (soberbia interpretación de Antonia Zegers) viven una existencia enrarecida y siniestra. Su cotidianidad según relata la monja consiste en: “Nos levantamos y rezamos. Después tomamos el desayuno. Celebramos la misa al mediodía. Comemos a la una. Luego cantamos. A continuación tenemos tiempo libre. Rezamos el rosario a las ocho y media hora después cenamos”. Y así, día tras día. Uno de ellos, ayudado por los demás, se encarga de entrenar a un galgo en la playa que luego participa en carreras locales los domingos, que siempre pierde. Los calificativos laudatorios de los críticos, muchos y de grandes recursos técnicos y literarios, fueron profusos  y entusiastas: “cruel, divertida, desagradable, perturbadora, terrorífica, hostil, inteligente, áspera, sarcástica, claustrofóbica, dura, violenta…una de las mejores películas del año (2015)”. Todo eso dijeron y más, bastantes más adjetivos que se me han pasado, seguro. Sí, no digo que todo eso no esté en la película, que sí, que está, lo que pasa es que para mí no fue para tanto. O dicho de otro modo: no me escandalizó y tampoco me abrumó su dramatismo. Es más, me sentí más impresionado por la geografía del pueblo, los perros que recorren las calles, la triste vida de los galgos y, sobre todo, por la luz sombría que engulle todo lo que parece alumbrar: el pueblo, el mar, las personas y los perros. Y todo ese dramático efecto, al parecer, es solo obra de un filtro bien elegido colocado en el objetivo, como mi filtro rojo que intermedia en casi todas mis fotografías. Tiene gracia.    

Pepe Fuentes ·