19 ABRIL 2023

© 2022 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2022
Localizacion
pepe fuentes (Toledo)
Soporte de imagen
DIGITAL 50
Fecha de diario
2023-04-19
Referencia
7632

DIARIO ÍNTIMO 64
Miércoles, doce de abril de dos mil veintitrés

Hoy he comenzado la novela del día: La carne, de Rosa Montero. La elección no pudo ser más idónea y oportuna, dado el sitio en el que me encontraba: la sala de espera de mi dermatólogo de cabecera. Frecuento de vez en cuando a este especialista porque a partir de un cierto momento de la edad, éste no debería separarse ni un instante de quienes la carne ha empezado a descomponerse.  Eso me pasa a mí. Esta vez me ha quemado una especie de grano que había decidido quedarse a vivir en mi frente, y una mancha que empezaba a dar señales de su presencia amenazante y siniestra, también en la frente, con la canalla y rencorosa intención de marcarme por el resto de los tiempos.
Soledad, la protagonista de la novela, tiene sesenta años y vive sitiada por sensaciones de pérdidas en todos los frentes de su vida. En el comienzo, que es hasta dónde he llegado, a esta mujer acosada por inseguridades y reblandecimientos le preocupan los síntomas propios de la edad, más o menos como a mí: carencias sentimentales y sexuales (en las novelas, instintivamente, busco almas afines). Sospecha que ya no solo no tendrá amor, si no tampoco sexo. Que ya ha dejado atrás la última vez, esa que sucede para todas las cosas que hemos hecho y que ya es improbable que volvamos a hacer.
Es divertida y brillante la descripción a lo largo de varias páginas, de sus preparativos para una cita amorosa, o, más exactamente, sexual:
“… y se vistió con el conjunto de lencería verde, la camisa de seda y el pantalón gris. Descalza fue a colocar su dormitorio. Necesitaba una luz tenue e indirecta que favoreciera el aspecto de su carne, de manera que pasó media hora llevando al cuarto todas las lámparas que tenía en la casa y probando diferentes combinaciones colocadas sobre la mesilla, en el suelo, cubiertas con un pañuelo; al final decidió devolver todas las lámparas a sus emplazamientos originales, dejar encendida la luz del pasillo e iluminar el cuarto solo con cuatro velas, escoger las cuatro velas y los platitos sobre los que ponerlas, le llevó otro rato. El asunto de la música también tomó su tiempo (…) se miró al espejo y se encontró bastante guapa y también ridícula; pero si es un escort, un gigoló, maldita sea, a qué viene perder la cabeza y arreglarse tanto, se gritó exasperada…”. (*).
Así es la acuciada vida de los vitalistas y maravillosos viejos que nos resistimos a morir por asedio de todos los tontos que en el mundo son.
Pero ahí está el mundo y sus gentes, las malas y despreciables personas que pueden hacernos tanto daño si nos sentimos descubiertos en nuestros vigorosos intentos de sobreponernos y ofrecer lo mejor de nosotros mismos, el precioso destilado existencial que por el momento hemos conseguido preservar de la hecatombe. Pero, nunca, jamás, esos gestos y actitudes de suprema generosidad serán reconocidos por los soberbios ignorantes, esas pobres e indelicadas gentes, que desconocen las sensibles y elegantes finuras de la edad tardía.
Esa mujer que vengo mencionando en este diario, a la que afortunadamente no he conocido (habría resultado desoladoramente decepcionante), me escribió hace poco: “…No me hagas sentir mal, es como pelear con el abuelo…”.
La novela de Rosa Montero, recién empezada, sé que me va a proporcionar mucho placer, afinidades y hechos compartidos con su protagonista, Soledad. Rosa Montero, tiene dos años más que yo ahora, y tres menos cuando publicó esta obra; su protagonista, Soledad, nueve menos). Lo pasaremos estupendamente, ellas y yo, compartiendo en cuerpo y alma la década sexagenaria, la de la heroica resistencia por excelencia.
La Fotografía: Foto de abuelo, tan auténtica como que soy yo mismo; para que todo quede bien y naturalmente contado.
(*) información innecesaria para las mujeres necesitadas que se resistan a asumir que la última vez en «eso» haya sido en el pasado, inadvertidamente, y tampoco quieran follarse a cualquier petimetre babosillo, o trasnochado viejales, que se liguen en cualquier parte, sin clase, ni nada; que no se hagan demasiadas ilusiones si no tienen dinerito, porque los escort o  prostitutos, al parecer, son carísimos; bastante más que las mujeres de la misma profesión. Pero, claro, tendrán que asumir que la profesionalidad, de un sexo u otro, hay que pagarla. Por cierto: todo el respeto y consideración del mundo para los terapeutas de la carne.

Pepe Fuentes ·