6 JUNIO 2024

© 2024 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2024
Localizacion
Casino, Santander
Soporte de imagen
DIGITAL 4000
Fecha de diario
2024-06-06
Referencia
10337

DIARIO DE VIAJE: al Norte.
“Uno no puede separarse de su ser, que nos habita y nos persigue como una sombra inseparable. En los viajes, ese ser quiere y ve, manda y decide. No se despoja uno, como si se tratara de una piel o de una muda, de los oropeles de nuestra cultura y nuestra civilización”. Michel Onfray
Tercer día, martes, veintitrés de abril de dos mil veinticuatro (y 5)

… El hotel, estupendo, mirando al mar y a la playa del Sardinero.  A las siete me duché y salí a dar una vuelta, con la cámara, claro.
A trescientos metros se encontraba el célebre Gran Casino Sardinero, de imponente arquitectura (Belle Époque francesa). Promovió La Sociedad de Amigos del Sardinero y el arquitecto fue Eloy Martínez del Valle. Se inauguró en 1916 y sustituyó, en el mismo lugar al que se construyó en 1870, frecuentado por la alta sociedad y familia real.
No lo dudé un instante, entré, claro.
Un gran y elegante vestíbulo de entrada, sala de juego a la derecha y una gran escalera a la planta superior. Me dirigí allí, precisamente, dado que había una exposición de pintura.
El artista, Enrique Enríquez, que exponía “Enmascarados de púrpura y lino”, una selección de obra realizada desde 2015. Obra ecléctica de técnica mixta, generalmente oleos ensamblados en collages, fusionando diversas técnicas. La génesis de esa obra expuesta partía de influencias de las vanguardias, especialmente surrealismo y expresionismo y autores como Magritte, De Chirico, Morandi… Warhol y hasta Van Gogh. Muchos retratos, también, intervenidos desde interpretaciones de corte sicologista mediante detalles simbolistas. De cualquier modo, la exposición me resultó estimulante por imaginativa y manejo de una técnica más que estimable. Los títulos de las obras aportaban sugestión, proyección onírica y poética. Lo pasé estupendamente viendo esa exposición que fue una auténtica sorpresa.
Después no me entregué a la pasión ludópata, sencillamente porque carezco de ella. O, dicho de otro modo, me fui.
Di un paseo por El Sardinero mientras anochecía. Busqué un restaurante.
A estas alturas las piernas me pesaban y como me suele suceder después de pasar el día hablando conmigo mismo, me sentía aturdido y cansado de soportar mi rollo todo el santo día (ya me lo sé). A pesar de irme lejos de mi casa no consigo perderme o alejarme de mí y mis cosas. Todo lo contrario, me convierto en extracto y esencia pura de mí mismo que me tomo apretándome la nariz como si de una porquería se tratara.
Elegí un restaurante sencillo (no tengo dinero para más) que más bien era un bar de tapas. Me costó elegir un plato para cenar (además había comido horrorosamente mal); después de mucho dudar me decidí por una ensalada de anchoas, pimientos asados y tomate. Muy sabrosa. Había colocado mi cámara dentro de la bolsa encima de un taburete en la barra, a mi lado, y en esto llegó una paquiderma vieja y fea que se llevó por delante el taburete y mi cámara cayó al suelo (menos mal que estaba dentro de la bolsa) ¿Culpa mía? No, de la torpeza de esa descuidada mujer, maldita sea. No dije nada. Me limité a mirarla con el resentimiento que sentía hacia ella mientras estuvo allí.
Volví al hotel a las nueve y media y me acosté. No había sido un día especialmente agradable, y sí frío y desapacible. Santander no fue para mí una ciudad amigable y tampoco me entusiasmó, precisamente. Supongo que estoy cometiendo algún tipo de sacrilegio viajero, pero me da igual.
La Fotografía: Perspectiva y detalle de una de las paredes de la exposición de Enrique Enríquez. Originalidad e inspiración.

Pepe Fuentes ·