Me acuerdo de la romería de mi adolescencia (3)
“Mi barbero, extrañado de mi larga estancia, cuando por lo general los turistas llegan por la mañana y se van por la tarde, me decía: «¿Le gusta a usted la ciudad? Vale poco. No hay sino algunas antigüedades solamente» ¡Y era de oír el tono de aquel -vale poco- y de aquel -solamente-!”. Mauricio Barrés
Lunes, cuatro de mayo de dos mil veintiséis
… Llevo toda mi vida oyendo la rendida admiración sobre la belleza de la ciudad. Lo más curioso es que yo nací en ella, en la recóndita Plaza de San Justo; pero no sé qué pensar porque nunca me he sentido parte de ella. Lo que sí sé es que no logro emocionarme por tan elevado y supuesto honor.
Más bien creo tener suficientes razones para detestar tan gélido y distante postureo que apenas si me aporta satisfacción alguna. Ser toledano marca, si lo eres, ya no puedes ser otra cosa, como si de un estigma se tratara.
Tampoco la detesto ni albergo resentimiento alguno hacia ella. La ciudad en sí misma es inocente porque tan solo es una amalgama física de construcciones que se han ido configurando a lo largo de siglos; un sedimento de las culturas y generaciones que la han habitado. Nada más (y nada menos).
Es patrimonio de la humanidad y célebre en el mundo por una confluencia de factores y circunstancias, desde los primeros pobladores que se pierden en el tiempo, hasta los imperiales romanos, y los germánicos que vinieron después y que se quedaron para recibir a los musulmanes, y en compañía de ellos tres siglos más; y luego los cristianos que aquí siguen. Desde los reyes que la habitaron hasta los aguadores que subían el agua desde el río corcoveando por cuestas y callejones, todos hicieron la ciudad en el tiempo hasta ahora; habitada por oficinistas, políticos de medio pelo, restauradores, comerciantes y guías turísticos que en vez de cayados llevan banderitas de colores y dispositivos de audio pegados a la boca y que pastorean grupos de los miles de visitantes diarios. Esta es la ciudad de ahora, sumamente mercantilizada y me parece bien porque es bueno para la economía de la ciudad; y porque, en el fondo y de algún modo, ella también se beneficia porque se desprende de tanto polvo secular.
Empobrece vivir aquí porque solo cabe la confirmación sumisa ante la simplista e incondicional: ¡qué bonita es Toledo! a pesar del barbero de Mauricio Barrés, de finales del XIX, cuando la ciudad no era patrimonio de nada ni de nadie …
La Fotografía: Si de alguien no quiero saber nada (en realidad no quiero saber nada de nadie, vengan de donde vengan y estén donde estén); es de los toledanistas, vocacionales y apasionados todo el tiempo. Sí, los que aman locamente la ciudad de antes y de ahora, pero sobre todo la de antes: la nostalgia es inherente a ser toledano (debe ser cosa del ADN). Muchísimos, se agrupan, se asocian, conviven, editan publicaciones, crean cuentas en redes sociales que difunden el supuesto espíritu de la ciudad en el tiempo (nadie sabe a ciencia cierta cuál puede ser). Aman las piedras, las calles, las iglesias, los callejones… pero sobre todo el pasado. Todos volviendo la cabeza en el tiempo (deben estar aquejados de deformaciones óseas, pero sobre todo existenciales). Pero si les vale, bien está, allá ellos. (he tenido mis épocas de entrega a la esencia toledana, hasta que descubrí que eso nada me aportaba, además de ser mortalmente aburrido el asunto). A mi todas esas “mandangas” no me sirven ni me interesan, sobre todo porque la ciudad no es mi patria; lo son los sencillos paisajes del entorno agreste, abrupto, áspero, de una espiritualidad poética sublime, bíblica, tal y como sintió Rainer María Rilke al escribir sobre su paisaje de nubes, piedras, encinas y silencio. Eso ha sido siempre y ahora, al final de mi vida, lo que siento como propio. Sí, primero las encinas (donde se celebró la romería el otro día), debajo de las cuales estoy yo; y, en la distancia, la lejana ciudad… lejos, muy lejos.