Me acuerdo de la romería de mi adolescencia (4)
“Esta ciudad, elevada en una peña, combatida siempre por recios y helados vientos, en situación inaccesible, áspera, sombría, oscura, silenciosa, menos cuando tocan simultáneamente a misa las campanas de sus cien iglesias; incómoda, inhospitalaria, triste, ennoblecida por su inmensa catedral metropolitana, ciudad del recogimiento y la melancolía, cuyo aspecto abate y suspende el ánimo a la vez, como todas las ilustres tumbas, que no por ser suntuosas y magníficas dejan de encerrar un cadáver”. Benito Pérez Galdós
… Lo que me apasiona de aquí, de la ciudad que habito sin habitar, desde una ausencia persistente e ineludible (ya existo en otra realidad y otro tiempo), es lo de afuera y no tanto lo de adentro.
Dije ayer que nací en una plaza a tan solo doscientos metros de la Catedral; pero nunca he vivido dentro de ella, de su centro mismo, salvo a días cuando era niño, en casa de mi abuela, en los años sesenta. Vivía en la Cuesta de los escalones, empinada y perpendicular a la muy toledana del Pozo amargo, de bello nombre, inspirada en una leyenda sobre el amargor de sus aguas provocado por las lágrimas de Raquel, una bella judía enamorada de Fernando, un cristiano al que asesinó su padre en el jardín donde se encontraban cada noche. Las razones: los amores imposibles que tanto bien hicieron a los mitos amorosos y tanto mal a los enamorados.
En aquellas breves estancias sí sentí lo que suponía vivir en la ciudad, época de intensa vida vecinal en la que era fácil sentirte parte de ella. Luego, cuando me iba al extrarradio, ya no, nunca; salvo tal vez, en los momentos en los que la caminaba solitario buscando mujeres que no solía encontrar, por bares y calles. Pero solo por eso.
Siempre he habitado al otro lado del río, en su mismo nivel, salvo estos últimos treinta años que me he subido a mi clausura (lugar merecido) y el río lo veo abajo, a lo lejos.
A la ciudad la percibo como extraña y lejana y solo podría amarla desde la desesperación o el conformismo sentimentaloide del que dice -llevo a mi ciudad en el corazón-. Nunca pronuncié semejante boutade, ni siquiera la pensé.
Nada nos hemos dado, nada hemos compartido, un tiempo, tal vez, pero sin rendimiento para ninguno de los dos, ella y yo. Hemos vivido de espaldas porque ella ni siquiera supo que caminé por sus calles y yo, a esas calles, no las amé especialmente. Nunca penetré en ella verdaderamente, nadie lo hace, aunque sus habitantes crean que sí y porque amar lo intangible pero cercano tiene efectos benéficos para la paz de su alma. A lo mejor es que yo, además de no tener ciudad tampoco tengo alma. Nunca conseguí el estado de gracia o desgracia de estar y ser en ella y con ella.
Mi estado periférico lo percibo como connatural a mi ser. Siempre preferiré entrar y salir (ahora ya no entro nunca, solo alguna vez y procuro salir de ella lo antes posible). Finalmente, nuestro amor ha sido imposible, pasto de leyenda y promesas incumplidas…
La Fotografía: Esta es la puerta por la que entro y salgo de la ciudad, la que he utilizado siempre nada más cruzar el río a través del Puente de Alcántara. Cuando era niño e iba al colegio a no aprender nada y a que me pegaran; y luego, cuando subía a trabajar cada día; sí, porque desde las periferias siempre se ha dicho: –subir a Toledo-. Para mí, como si de un Gólgota se tratara. Salvo cuando lo hacía para buscar los placeres que nunca me encontraba, porque como dijo Galdós, que al parecer puede que la amara, era ciudad de recogimiento y melancolía, que nunca alcanzará la modernidad, también dijo. Con razón, porque pasamos desde la más terrible y oscura decadencia que duró siglos, desde que fue abandonada por reyes y artistas: Alfonso X, el Sabio, el mejor de los reyes ilustrados de nuestra vida, Cervantes, El Greco, entre otros), hasta las esporádicas razias de los poetas del 27, tan graciosos (hasta de curas se disfrazaban), que se meaban por los callejones y luego se iban riéndose a carcajadas de la mística y las sombras de la ciudad. Y de ahí, después de la noche del franquismo a la de los rapaces socialistas (ladrones y delincuentes) y un exacerbado turisteo que nada dice a los de aquí, salvo a los espabilados comerciantes y promotores de la ciudad eslogan, de escaparte y superficialidad. La puerta bien fotografiada (me parece), por estar orlada de sombras: la traspaso cansinamente cuando subo; y con alivio cuando me escapo urgido por el espanto.