DIARIO DEL ESPANTO 9.3
“El esplendor del combate no radica en el resultado, sino en la dignidad del acto”. Paul Louis Landsberg
Martes, nueve de junio de dos mil veintiséis
… El lunes por la mañana; Naty y yo nos dirigimos a la comisaría de la policía nacional para obtener información sobre lo que podríamos hacer policialmente. Nada, nos dijeron, salvo llamar a la municipal cuando hicieran ruido a deshora.
Como nosotros no podemos interponer una denuncia contra ellos porque no somos propietarios de la finca (tendrían que ser los propietarios que hemos averiguado que son dos matrimonios que no han aparecido desde hace 21 años).
No obstante, fuimos al ayuntamiento a informar de lo que ya sabían. Enviaron a la policía municipal y a un responsable de los bomberos. Según nos informó el funcionario del Ayuntamiento, constataron la okupación y se marcharon (hasta aire acondicionado tienen, enchufado a un suministro eléctrico que no debería existir).
En la madrugada del martes, a las dos y media, el alboroto me despertó porque era a gritos (uno de ellos estaba muy ofendido con los demás porque se habían comido el chorizo que era suyo, según decía). A las tres llamé a la policía municipal. Subí a mi terraza para presenciar la intrépida actuación. Llegaron a las tres y cuarto. Doblando la esquina de la casa, fueron apareciendo policías uno tras otro, todos portando una linterna y avanzando cautelosamente (como en las películas). Eran ocho, el número no era azaroso porque los malos son siete. Saludaron a los alborotadores con un exquisito ¿qué tal estáis? El jefe del comando les informó que la razón de su presencia era que se habían quejado los vecinos. Los malos, dieron explicaciones que no llegué a oír. Finalmente, el policía bueno (el malo no había venido), les pidió por favor que no gritaran porque los vecinos trabajaban el día siguiente (eso dijo), les deseo buenas noches y se fueron.
Todo seguirá igual en el tiempo. Los okupantes no se irán porque nadie podrá echarlos por falta de interés y leyes que lo determinen. Naty y yo, los directamente perjudicados (no solo por las molestias cotidianas sino, también, por la depreciación de nuestra casa), al no ser propietarios, nada podemos hacer.
En el combate no habrá victoria porque no se celebrará, luego tampoco gloria y ni mucho menos dignidad porque asumiremos cobardemente el estado de cosas. Tendría que ser solo yo, frente a siete, el que invadiera su guarida y les expulsara en quijotesco combate.
La Fotografía: Mi figura, en clave de sombra nocturna, cerniéndome sobre la casa de los malos. Por el momento solo me queda mostrarme vigilante y atento a lo que puedan hacer, pendiente del reloj cuando sus voces superen una determinada hora (las doce de la noche, supongo), y llamar a la policía para que amorosamente les pida que bajen el tono o simplemente les recomienden que se retiren a dormir los aposentos que han violentado.