Diario de CLAUSURA 11 y 2
“… Era demasiado arriesgado y peligroso ponerse uno mismo y a sus familiares en el centro del huracán. Yo también había sentido a veces que era mi propio conejito de indias: me inyectaba esto, viví aquello, me exponía o me protegía. Esperaba a ver qué pasaba, si sobrevivía o no. Y luego lo escribía. Para mí la autoficción era una forma de rescatar la vida, de fijarla, de demostrar que había ocurrido, de explicarla, de convertirla en arte. Y finalmente, de pasar a otra cosa”. Milena Busquets (La dulce existencia)
Martes, veintitrés de junio dos mil veintiséis
… Los enclaustrados, del tipo anacoreta, que es el mío, no necesitamos compuestos para estimular la lubricidad, sencillamente porque no practicamos sexo, al menos yo no. Quizá en los claustros de verdad, los trapenses, pongo por caso, la sexualidad sea más compulsiva y frecuente, seguro (siempre he imaginado orgías en los conventos, al modo de Sade, aunque nunca me han excitado).
No, no es mi caso, no por falta de ganas, sino porque no hay una sola mujer en el mundo que necesite de mi cuerpo, y yo, violador no soy.
Seguí caminando, me encontraba en la periferia de la ciudad, junto al río, en el paraje conocido como Barco Pasaje, y de pronto asomó por una esquina una mujer vieja y algo reseca, alta, delgada y todavía deseable porque no arrastraba la carne por el suelo. Con ella llevaba una perrita pequeña hasta la insignificancia, que nada más verme se vino hacia mí ladrando furiosamente como la cancerbera del mismísimo infierno. Eso nos ha servido a la mujer y a mí, para iniciar una conversación casual pero que podría haber dado mucho de sí, como el carácter soliviantado del animal, la edad, en fin, esas cosas que suceden en los caminos porque sí, porque estamos muy solos (me mostré muy simpático). Estábamos parados charlando y, de pronto, sin venir a cuento, abruptamente, la mujer ha dicho: me tengo que ir, y ha salido escopetada, casi corriendo. No he entendido su reacción, porque todo era blanco y soso en nuestra conversación. Cómo para proponerla un encuentro tórrido, que nos desahogara a ambos (seguro que ella llevaba meses sin follar y yo años), ahora que ya cuento con Viagra que me había recetado mi doctora, siempre tan amable conmigo.
Continué caminando despacio y ya oyendo la escritura de Stefan Zweig, sobre Montaigne. Por el momento había salvado los dos lapsus que me habían tocado hoy.
Ah, y una aclaración sobre la cita introductoria de Milena Busquets, es de la novela que oí entre el domingo y el lunes. Me gusta mucho Milena porque escribe como una bella y riente mariposa libando de unos y otros y polinizando con alegría y desenfado. Y, una aclaración. lo mío no es autoficción, aunque se parezca, porque no ficciono, sería imposible porque no sé hacerlo. Sí es verdad que cuento mi vida e introduzco personajes, pero todos reales.
La Fotografía: Y caminando y caminando, oyendo y oyendo, llegué a mi casa a las nueve. Desayuné y salí a mi clausura, desplegué el toldo, me tumbé y me puse a escribir esta entrada. Al fondo la residencia de “Los Dalton” tan de actualidad en estos días en mi vida, luego también en mi diario. Mi clausura es el lugar más aséptico y neutro del mundo y sin pensamos en el sexo, un antídoto. Nada que ver con las recónditas y oscuras celdas de los monjes y monjas que se prestan pecaminosamente para todo tipo de orgiásticas fantasías. Parecen diseñadas para eso, el sexo oscuro y arrebatador, porque en ellas ninguna decoración distrae el supremo interés de una vida humana: el cuerpo como fuente de placer.