DIARIO DE ENVEJECIMIENTO 73.4
“Luego más tarde, lenta pero firmemente, toda la mala leche y chifladuras se ponían de manifiesto. Yo iba significando menos y menos para ellas; ellas iban significando menos y menos para mí”. Charles Bukowski
Jueves, veinticinco de junio de dos mil veintiséis
… Mi relación con el sexo ayer… Ninguna, ni siquiera me masturbé. Es infrecuente, y me pregunto si no será malo para mi salud, para mi próstata, por ejemplo, ahora que estoy operado y todo. Tengo que preguntar a mi urólogo de cabecera (vaya, ayer hablé con mi doctora y no se me ocurrió preguntarla).
En cuanto a la combinación de amor y sexo, todavía estoy emparchado en la imbécil idea de llegar a lo segundo a través de lo primero, aunque también puede ser al revés y eso sería mucho más fiable y sensato, me parece. Se puede amar a partir del buen sexo y no al revés.
Por otro lado, las especificaciones de la asistencia química de refuerzo, dice que para que sea eficaz tienes que estar excitado previamente; pero si la mujer en cuestión no te gusta del todo, o si no te enamoras, la química farmacéutica tampoco sirve (la otra, la del impulso, sí) ¡menudo plan! A mi, con las mujeres que me ha gustaban, no necesitaba química. Dicho de otro modo: el sexo en la edad provecta es un bucle infernal y fracasado. No sirve empeñarse.
Toda esta quimera es una solemne tontería, porque, además, en la vejez nadie se interesa por nadie ni en lo primero ni en lo segundo. Ni amor ni sexo ni nada de nada. Solo te queda comerte la mierda de la soledad, y así hasta mearte encima.
Ayer, sin ir más lejos, ocurrieron dos cosas: una mujer de orden en el más amplio sentido de la palabra, que había llegado a mí a partir de mi eterna suscripción en una página de pruebas amorosas de horrible y sospechoso título (Solteros 50), decidió largarse antes de vernos. Me bloqueó en WhatsApp porque en dos conversaciones telefónicas y algunos mensajes quedó patente que éramos tan distintos que nada teníamos que explorar el uno en el otro, a no ser que asumiéramos desencajes mandibulares por bostezos de aburrimiento; y mucho menos previsibles y desesperadas actuaciones en nuestras zonas húmedas, que seguramente ni olerían bien, ni en la de una, ni en la del otro.
Empiezo a sospechar que el sexo en la edad provecta no es deseable, ni higiénico, ni decoroso. Pura y patética indecencia.
La otra cosa de ayer: por cansancio de mi rollo cotidiano, y dado que lo que yo quiero es casarme y dar paseítos cortos con mi esposa; y ya que mi detective que me busca novia ha decidido despedirse (lleva cuatro meses sin dar señales de vida, al paso que vamos me enviará una propuesta de contacto al cementerio); decidí explorar una alternativa al azar… envié un formulario de solicitud de información a la primera agencia que vi en Google, llamada Lazos (es imposible nombre más obvio, cursi y hasta imbécil). Media hora después me llamó una comercial del sitio. Después de algunas generalidades, me hizo una pregunta esencial e importante: ¿Cuál era el abanico de edad de la posible novia, hacia abajo y arriba a partir de la mía, que enseguida serán 73? Dije firme y convencido: 65-70 (y ya era flexible). Noté malestar en mi interlocutora (debía ser feminista). Me contestó que eso era muy limitativo porque eliminaba las opciones hacia arriba y que ellos trabajaban cinco años abajo y cinco arriba. O, dicho de otro modo, hipotéticamente, tendría que asumir hasta los 78 en una improbable novia.
Me volvió a preguntar, por si hubiera visto la luz, a partir de su recomendación. Contesté impertérrito: 65-70,. Estaba claro que no llegaríamos a nada, máxime cuando me informó de que el bromazo me costaría 1800 € por entrar en su plan, y dado mi alta exigencia, las presentaciones se espaciarían meses en el tiempo (como las de mi representante cesante de ahora). Otro caso de remitir las propuestas al cementerio. Di las gracias a la loca del teléfono y colgué.
No hace falta aclarar que a estas edades el sexo es prescindible por no decir inverosímil.
Luego, como vengo diciendo desde ayer, la sexualidad es una experiencia y necesidad humana que siempre acaba mal, como la vida.
La Fotografía: El deseo que no se alcanza en la vejez II., de la estupenda serie En el barro (2025), de Sebastián Ortega. En este caso, no es ilustrativo sobre lo que he contado (sexo a destiempo), porque esas dos mujeres están en pleno florecimiento de la edad sexual, así que la imagen es un ejemplo inverso.