DIARIO DE ENVEJECIMIENTO 75.1
“Solo era un anciano…”, de la serie danesa El uniforme (2026), de Jonas Alexander Arnby
Martes, cuatro de agosto de dos mil veintiséis
La cita introductoria me asaltó ayer mientras cenaba y veía una serie pulcra, blanca, políticamente correctísima. Me sentía tranquilo hasta que, en la serie, inesperadamente, un lechuguino enunció la frase de la cita que me sacó del confort de mi patio de clausura, instalándome en un trivial malestar.
Yo también soy “solo” un anciano (cumplo 73 años dentro de una semana). No, no fue un descuido de los guionistas, es puro subconsciente colectivo agarrado a la realidad social como una abominable garrapata.
Sí, para el grosero y descerebrado mundo en general los ancianos solo somos residuales, amortizados bultos sospechosos a los que hay que esquivar en la calle si se cruzan con nosotros y nos ven. Yo, como saludable ejercicio defensivo hago lo mismo con ellos: a todos los menores de sesenta años los esquivo (a los viejos también, pero solo por mi condición asocial y por el rechazo a la inexorable edad en mí mismo). Los ancianos estamos en guerra total con el mundo, lo sepamos o no, nos guste o no, lo queramos o no. Las hostilidades las han iniciado ellos. Pondré el ejemplo a través del mundo del arte y la ciencia: en la literatura apenas si existimos como personajes de importancia, en el cine tampoco; y en la ciencia, psicológica sin ir más lejos, los ensayos dirigidos a los comportamientos sociales y políticos, los viejos tampoco aparecemos; en los libros de autoayuda ni por asomo, no están pensados para nosotros. Ahora estoy leyendo a Gabriel Rolón (psicoanalista) en todos sus ejemplos clínicos no hay un solo viejo, ni de lejos (*). Las sesiones terapéuticas son para curar (el mundo debe pensar: para qué curar a un viejo, si se va a morir pasado mañana). Los ejemplos serían interminables. Sencillamente, no existimos.
En la serie, policías daneses jóvenes, reflexionan sobre si había que haber multado a un anciano que iba hablando por un móvil y conduciendo. Un policía le llamó la atención señalando con un dedo su infracción, pero no le multó; la conclusión de esos policías fue que el compañero hizo bien, porque tan “solo” era un anciano, algo así como una mierda de perro olvidada en la calle.
Ayer, el día, no tuvo demasiada importancia; la noche sí porque a la una me desperté sin motivo aparente y tardé mucho, mucho, en volver a dormirme. Hubo un momento que me pareció sentir angustia (lo digo por las resonancias de síntomas de los que habla Rolón en sus sesiones terapéuticas); pero el caso es que, para empezar, yo no tengo bien delimitadas la angustia y la ansiedad, ambas malas como serpientes venenosas. Lo miro en la IA: “La diferencia principal es que la ansiedad es un proceso mental y de anticipación, mientras que la angustia es una reacción física y paralizante”. Sí, puede que fuera angustia, en plena madrugada, porque me paralizaba el sueño. Pero no estoy seguro. El caso es que las cosas no fueron bien el lunes. Por Dios, qué larga se va a hacer la vejez y los insomnios…
(*) Me veo obligado a rectificar sobre la aparición de viejos en la obra de Rolón porque hoy por la mañana (ya editada esta entrada), ha asistido a su consulta Edelmiro, de 75 años, con un problema en su conciencia por haberse comportado prejuiciosamente con su hijo por culpa de la dichosa religión (judía en este caso). Eso sí, Rolón no le cobra, otra manera de discriminar a la vejez, pero bueno, había margen para entender y hasta celebrar el gesto de Gabriel Rolón.
La Fotografía: Autorretrato de 2022. Ahora soy cuatro años más anciano. Esta indeseable circunstancia me ahorrará dolores amorosos, pero no multas de tráfico, o sí, depende del guardia con el que me encuentre. Si es conmiserativo, como los daneses, o un estricto legalista. No sabría a quién preferiría.