DIARIO DE ENVEJECIMIENTO 75.3
El pasado de cualquier hombre o mujer de más de 50 años se convierte en un enigma. Es imposible resolverlo. Solo queda enamorarse del enigma. Manuel Vilas
Miércoles, cinco de agosto de dos mil veintiséis
… Sigo con la remembranza, con la investigación sobre el pasado, que, con más de cincuenta años, como dice Vilas, se convierte en un enigma por el ineludible efecto de la desmemoria.
Para saber algo más de aquellos años tendría que remitirme a las fotografías que realicé o a las entradas de diario, pero no tengo la presencia de ánimo necesaria para adentrarme en ese oscuro túnel del tiempo, que solo me desazonará.
Sería un esfuerzo titánico y un desgaste anímico que no me remitiría a ningún momento de verdadero interés. Así que prefiero dejarme llevar por la levedad de las impresiones, y a lo sumo a traer al diario retratos donde mi cara habla por sí sola.
En ese momento, ya llevaba dos años apartado del trabajo en la empresa donde medré sin mérito durante treinta y tres años. Naty siguió en esa misma empresa hasta completar un ciclo profesional de 28 años. Durante dieciséis me ocupé, entre otras cosas, de mantener la logística doméstica. No tengo ningún recuerdo relevante de esa actividad, salvo que mantuve una actividad productiva y responsable que se acababa cuando terminaba el día, y nada más digno de mención. Menos mal que, además alimentaba el diario de entradas breves y un poco desmañadas y si eran presentables, más o menos, era porque Naty revelaba las fotos digitalmente y corregía los textos. Esto último era necesario porque yo era un perfecto iletrado sin estudios de ningún tipo (he mejorado mucho en estos últimos años a base de trabajar todos los días, es como si hubiera aprendido o eso me parece). Solo tenía una férrea voluntad que supuraba por todos los poros de mi piel y que me mantenía en estado creativamente febril, aunque fuera un perfecto inútil.
Después de rebasar la cincuentena me empeñé en afirmar que había sido la mejor década de mi vida; y sí, puede que fuera así, pero no por exitosa y rutilante, no, que va, fue porque las demás habían sido desastrosas.
Trabajaba desde el amanecer preparando los desayunos y luego, la comida. Muchos días me iba a campos lejanos a fotografiar, y otros los dedicaba a trabajo de cuarto oscuro (negativos y positivos), y por la tarde a escribir. Mi jornada acababa de noche ya. Todo el dichoso día esforzándome silenciosamente, sin parar en ningún momento. ¡Tenía tanto que recuperar que el tiempo no me alcanzaba!
Y, todo eso, ahora, guardado en un inmenso mueble de decenas de cajones que guardan miles y miles de negativos y copias en papel baritado. Esa ingente cantidad de material irá a parar a un punto limpio y al olvido por los siglos de los siglos. Amén…
La Fotografía: (2005, 52 años), trece más que en la foto de ayer. Me inquieta la expresión del retrato porque en él ya atisbo una cierta y amarga decepción. Diría que era premonitorio. Lo realizó Naty con mi vieja Mamiya en la playa de Mosul (Almería). Luego lo revelé en mi ahora abandonado laboratorio (creo que también lo positivé). Esta es una nueva versión en formato digital, que me ofrece una infinita versatilidad comparado con la técnica analógica de entonces, independientemente de que siempre me sentí cómodo trabajando en mi viejo laboratorio; de hecho, resistí en él hasta mediados de 2020 (15 años más que en el momento de esta fotografía).