Diario de la Soledad 14
“Soledad No es lo mismo que el aislamiento. Estar aislado es estar separado de los otros: sin relaciones, sin amigos y sin amores. Estado anormal para el hombre, y casi siempre doloroso o mortífero. En cambio, la soledad es nuestra condición ordinaria: no porque no tengamos relaciones con el otro, sino porque estas relaciones no podrían abolir nuestra soledad esencial, que reside en el hecho de que estamos solos para ser lo que somos y para vivir lo que vivimos”. André ComteSponville
Domingo, dieciséis de agosto de dos mil veintiséis
Doce horas del mediodía. Acabo de recibir un mensaje de mis vecinos de enfrente, que he agradecido afectuosamente ¡cómo no!: “Hola Pepe, soy Elvira, tu vecina. Es que hace días que no te vemos, el coche aparcado sin moverse. Es solo por saber que estás bien. O si necesitas algo. Nada más. Un abrazo”
Lo que no saben mis buenos vecinos es que yo profeso el silencio, la soledad y como colofón virtuoso, el aislamiento. Tampoco hace falta que ellos o cualquiera sepan de mi vocación, salvo los lectores de este diario. En cuanto al solidario y entrañable mensaje, supongo que, en parte, es porque me perciben anciano ya, y podría darse uno de los casos posibles, el de los que se mueren solos en su casa y no se entera nadie, salvo porque el hedor a cuerpo podrido traspase muros, ventanas y puertas. Lo que antes o después sucederá. Pero todavía no.
Menos mal que tengo buenos vecinos y cuando huelan a muerto llamarán al 112, o a quién sea.
Pasaré a los últimos hechos de mi vida, frenética de actividad, aunque no lo parezca: ayer, sábado, por la mañana vuelta a la ciudad por el Valle; luego la travesía callejeando por los itinerarios que suponía más cortos; no es sencillo determinarlo porque dado la configuración laberíntica de la ciudad histórica, las opciones son muchas. Me divierte esa especulación espacial y memorística.
Llegué a casa a las nueve y media. Y a lo mío, este diario; que no solo supone escribir, sino administrar bases de datos, fotos, revelados, ordenación de citas, transcripción de lecturas; en fin, un ingente trabajo en el que pierdo la noción del tiempo y de paso el de mi propia percepción como cuerpo vivo (o eso creo).
Tuve dos conversaciones telefónicas largas: Armando y Pilar, ambos amigos.
Comí sin gusto ni pasión y casi sin hambre. He abandonado la cocina, los guisos ricos que antes hacía (caldosos y sabrosos), ya no los hago nunca, porque son para compartir y no tengo con quién hacerlo.
Por la tarde, toda, la empleé en la escritura de la entrada de ayer, absolutamente pretenciosa y artificiosa, porque parece indicar que soy un hombre informado filosóficamente, y que va, soy un impostor que no sabe de nada, salvo de la necesidad de dar un mínimo de cobertura teórica a mis impotentes decisiones. A veces, a pesar de mis serias determinaciones, me parezco un tipo deficiente y patético porque pretendo ser lo que no soy. Solo cuento con lo que soy capaz de hacer. Nada más.
Por la noche, cenando vi un estupendo western de carretera que refleja la vida contemporánea en pequeños pueblos y en las llanuras interminables del sur de EE.UU.: Texas, Nuevo México y Arizona y, curiosamente, la acción lleva a uno de los delincuentes protagonistas, interceptado por la policía en carretera, que dice que iba a Ruidoso, en Nuevo México; justamente donde me pilló, junto con Naty, mi cumpleaños 55, en 2008. Tengo un grato pero incierto recuerdo de aquel pueblo en el que cenamos de celebración. Anoté en el diario de ese día: “Charlamos y bailamos con pandillas de jóvenes que nos preguntaban de qué país de Europa éramos (luego de norteamericanos no tenemos pinta). Sábado noche sonada en Ruidoso, Nuevo México”. Ah, la vibrante y emotiva película era Comanchería, de David Mackenzie (2016), con un estupendo guion de Taylor Sheridan.
La Fotografía: Por estas carreteras del sur de EE.UU., en los años 2007 y 2008 disfruté lo indecible, atravesando el sur del país en un sentido un año y en el contrario el siguiente, de este a oeste. En esta imagen circulábamos por Nuevo México, quizá camino a Ruidoso, pero eso no lo sé con certeza. Íbamos o volvíamos de Arenas Blancas, otra experiencia inolvidable.