LOS DÍAS 8 (2026)
“No creo demasiado en la inspiración. Creo en cierta inclinación hacia un oficio, hacia un arte; en ciertas dotes. Pero luego todo eso tienes que alimentarlo para que no se seque: un escritor se carga mirando, leyendo. Aprende –aunque sólo sea de forma intuitiva del instrumental que le brindan los demás. Y, sobre todo, trabaja, se esfuerza, sufre, fracasa, intenta una y otra vez”. Rafael Chirbes
Lunes, diecisiete de agosto de dos mil veintiséis
El finde semana pasado ya es pasado. A la fuerza olvidado por su insustancialidad. Nada se recuerda sin la mediación de la emoción.
Hoy, llevo todo el día diciéndome que debería sentir algo, desear algo, sufrir por algo, frustrarme por algo.
Qué va, son las 17:22 y me siento en estado catatónico (versión: estupor mental), que no consigo quitarme de encima… Llevo casi una hora mirando la pantalla del ordenador y moviéndome cadenciosamente de un lado para otro navegando por la nada. Lo hago, por si se me ocurre algo, pero que va, ni una sola idea se me cruza por la cabeza ni por ese punto del cuerpo donde tal vez vivan los deseos o las inspiraciones.
Por la mañana, con desgana, he caminado por un barrio de mi ciudad (el polígono), donde está el Mercadona al que suelo acudir a comprar las cosas para mi casa y para alimentarme. Es una mierda de Súper porque hay muchos productos que a veces me interesan, pero enseguida desaparecen porque los retiran y no sé por qué lo hacen, quizá para agraviar mi deseo (creo que cuando se enteran de que los compro se apresuran a retirarlos y yo me quedo perplejo frente al hueco donde estaban, pero ahora hay otros o simplemente el vacío). Voy a tener que pensar lo mismo que la “podemita” esa, que dijo que el amo de esa cadena era un tipo despreciable, eso me escandalizó en ese momento y me dije que la única despreciable en la ecuación era ella. Aunque, lo mismo cambio de opinión sobre el jefe del Súper, que no sobre ella, que seguirá siendo lo mismo porque está en su naturaleza. Hoy he ido al Mercadona de ese barrio, como siempre, y, por ejemplo, quería comprar Martini blanco; y no, solo lo había rojo y no lo he entendido. No me cabe duda: es un complot contra mí.
Bueno, el caso es que he observado ese barrio (nunca lo he prestado atención, hoy sí) y he observado que es ancho y largo, con avenidas espaciosas, pulcras urbanizaciones de chalés adosados con pequeños jardines frente a las puertas y propietarios con perro, casi todos. Hay bloques nuevos de viviendas de cinco o más alturas. Y todo está limpio y ajardinado. Daba gusto ese barrio.
Sin embargo, el mío, y más concretamente mi calle, esta sucia; es más, las hojas y los botes de bebidas tiradas por cualquier sitio están a punto de convertirse en antigüedades (traeremos a los turistas a que se recreen con la anomalía). Vivo en el peor barrio de la ciudad, el más feo y discriminado históricamente. En sus inicios, allá por los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado era conocido como la “pradera sin ley”; yo, ahora, soporto a los Dalton, a medio metro de mi casa, que anoche, sin ir más lejos, a la una de la madrugada, montaron un escandalazo de voces y golpes. Ni siquiera llamé a la policía, preferí seguir durmiendo, porque en mi barrio no hay ley ni buenas maneras.
Esta entrada no parte de la inspiración, sino de su falta. Creo en ella más que Chirbes, por lo que es una entrada fracasada.
La Fotografía: Mi barrio, lo es de gatos. Para ellos es un paraíso, el mejor barrio del mundo porque ninguno emigra, ninguno se larga. Debe haber en una sola calle (la mía, de no más de doscientos metros de larga), diez o doce, como mínimo. Van y vienen, se suben a los tejados, a los muros medianeros, a las ventanas. A cualquier hora del día, si recorro la calle de principio a fin, puedo ver a varios dedicados a todo tipo de actividades propias de su especie. Alguno, desde un tejado, me mira fijamente con una intensidad que asusta. No se acercan a las personas; sin embargo, varios de los vecinos se encargan de mantenerlos alimentados (comida y agua), generosidad que no es agradecida por parte de esos seres desconfiados y malignos. Este es un gato muerto y momificado de mi barrio, pero de hace doce años, Lo mantuve a mano durante al menos un año y fue extra en algunas de mis fotos. La foto está tomada en Oreja, un pueblo abandonado. A veces pienso que mi vida es sencilla pero surrealista, y eso me gusta.