30 AGOSTO 2026

© 1960 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
1960
Localizacion
Finca San Bernardo, alumnos de la escuela primaria
Soporte de imagen
-DIGITAL 50
Fecha de diario
2026-08-30
Referencia
11775

ADENTRÁNDOME EN LAS TINIEBLAS 46
En ese caso, jamás podría volver a entrar en el interior de un cuerpo femenino. No podría sentir sus sutiles estremecimientos. Pero quizá para Habara lo peor, más que renunciar al acto sexual en sí, fuese no poder compartir esos momentos de intimidad con ellas. Al fin y al cabo, perder a una mujer consistía en eso. Perder esos momentos especiales que invalidan a la realidad, aun estando integrados en ella: eso le ofrecían las mujeres. Haruki Murakami.
Jueves, veintisiete de agosto de dos mil veintiséis

A estas alturas de mi vida (nivel de subsuelo tenebroso); estoy perdiendo mi loca pasión por las mujeres, la de toda la vida. Me ha durado más de sesenta años, y ahora está acabando, tristemente. Ya llevo el proceso de duelo por la mitad.
Todavía tengo guardado en la memoria sensible, como un precioso tesoro, cuando desde la soledad del cerro del Acebuchal, con seis años, acudí en una finca grande a un colegio que, gracias a la generosidad del dueño, había creado para los hijos y nietos de los trabajadores (mi abuelo era gañán).
Era mil novecientos cincuenta y nueve, y para mayor contradicción, en la época donde la enseñanza estaba dividida escrupulosamente entre niños y niñas, caí maravillosamente en una única clase mixta.
No había tenido trato con niñas antes, que pueda recordar, y me resultó maravilloso, las miraba embobado y claro me enamoré perdidamente de la más guapa de la clase. Se llamaba Antonia, y he perdido sus rasgos para siempre, no me acuerdo de cómo era. Me pregunto, qué habrá sido de su vida.
Antonia definió, sin saberlo, mi sexualidad, sin sombra de duda: era heterosexual y así me he sentido siempre.
A partir de ese primer designio, el de mi loco deseo hacia las niñas y luego adolescentes, y en años sucesivos, fui enamorándome perdidamente de ellas (o no tanto y tan solo eran obsesiones recurrentes). Siempre estaba enamorado fantasiosamente. Ninguna me correspondió. Es más, no sentí que existiera nunca para aquellas chicas inalcanzables.
Mis vivencias sentimentales fueron un tormento que duró demasiado, varios años.
Tenía miedo de ellas por el rechazo que seguro me infligirían. Eso hacía que me enamorara en la distancia, sin osar acercarme, atenazado por una cobarde timidez. Sufrí varios enamoramientos silenciosos e impotentes que me llenaron de complejos y amargura.
Pasaron los años y tuve esposas, amantes, novias y mujeres entregadas a las que rechacé. El drama amainó.
Así llegué al momento actual (estos últimos años); que, si bien ya no me enamoro, sufro el mismo desdén por su parte siempre que intento algún acercamiento, vía hechos sociales (apenas) y, sobre todo páginas de contactos o citas o cómo quieran llamarse. De vez en cuando escribo a mujeres que por su foto de perfil o presentaciones pienso que pueden agradarme. El resultado no puede ser más decepcionante. La negación, rechazo o silencio por parte de esas mujeres es frecuente y seguro. Ninguna parece tener interés en un acercamiento. Tampoco hay iniciativas o interés por mí por parte de ninguna.
Es un lamentable y dramático sarcasmo existencial acabar la vida sentimental como la empecé, con la negación.
La Fotografía: Excursión de los niños del colegio a un kilómetro de distancia, más o menos. Por nuestras ropas resulta patente nuestra inmensa pobreza. Me llama poderosamente la atención que recuerde solo los nombres de los niños (la razón es que fuera del colegio los juegos se escindían y no compartíamos lo mejor de nuestras vidas, los juegos). No así de las niñas, a pesar de que me encantaban, y claro, tampoco sé cuál era Antonia. Si tuviera que elegir bajo presión, diría que la de la coleta, sentada en el centro de la foto, pero no estoy seguro del todo. No sé qué ha sido de ninguno de ellos, no los volví a ver nunca. En cuanto a los niños, del único que supe, aunque nunca me lo encontré, fue de Fernando, que llegó a triunfar profesionalmente en el ámbito de la medicina privada. Era el único que me caía mal, hijo del administrador nos trataba estúpidamente, como a inferiores. Y, ahí estoy yo, también, y no me reconozco porque muestro un gesto feliz, contento y hasta sonriente (sería porque me sentía enamorado). No he vuelto a sonreír en una foto.

Pepe Fuentes ·