DIARIO DE UN CONDENADO 22 y 2
“Crecí en una familia judía, la culpa forma parte de mi sistema nervioso”. Jesse Eisenberg
Sábado, diecinueve de septiembre de dos mil veintiséis
… Hoy, tampoco tengo nada de que escribir. Como mi realidad cotidiana no me ofrece acontecimientos dignos de ser contados, continuaré con el cuento sobre Spinoza que empecé ayer.
Aunque el relato me pille lejos por no profesar religión alguna, aparentemente, porque quizá cargue con más culpa de la que reconozco, simplemente por el mero hecho de vivir, que en sí ya es una culpa y una afrenta a la inteligencia y la sensatez.
Las tres religiones del libro contienen en sus inamovibles preceptos, ante todo, un ciclo virtuoso psicológicamente importante: obediencia, culpa, reconocimiento, arrepentimiento, reparación y reconciliación.
Al parecer, Baruch Spinoza, no cumplió esos inconmovibles preceptos, todo lo contrario, se reafirmó soberbiamente en sus sacrílegas desviaciones, lo que le llevó a enfrentarse con la comunidad que terminó expulsándole con una sentencia aterradora: “Con ayuda del juicio de los Ángeles y los Santos excomulgamos, execramos y anatematizamos a Baruch Spinoza. Maldito sea de día y maldito de noche, maldito al acostarse y maldito al levantarse, maldito al salir y maldito al entrar. El señor borrará su nombre bajo el sol y le apartará por su desmán de las tribus de Israel. Nadie podrá comunicarse con él ni de palabra, ni por escrito, ni mostrarle favor alguno, ni estar bajo el mismo techo con él, ni acercarse a menos de cuatro codos de él, ni leer ningún documento escrito o dictado por él”. Comunidad judía. Sinagoga de Lisboa (1656).
Me impresionó la dureza y el demoledor estilo literario de la condena, que en sí misma y literalmente supone una condena a muerte porque invisibilizaba al condenado, es decir lo ejecutaba sumariamente, pero sin mancharse las manos. La eterna hipocresía de las creencias a ultranza.
La Fotografía: Los que han visto una verdad a través de la fe y se muestran limpios de culpa (pecadores todos por condición inherente a su humanidad han sido perdonados mediante la contrición: arrepentimiento y propósito de enmienda), y, una vez limpios (condición sine qua non para participar en el magno acontecimiento) con ejemplaridad y virtuosismo, atraviesan las sombras catedralicias como figuras fantasmales, cobijados en sus largos sayales que les protegen de dudas, llantos y de la terrible orfandad.