DIARIO DE ENVEJECIMIENTO 76 y 2
¿Quién dijo que la mayor sorpresa en la vida es la vejez? Me preguntó. No lo sabía. Jamás había oído esa frase, pero quizá tenía razón. La vejez podía resultar más inesperada que la propia muerte. Algo que superaba la imaginación, como si alguien nos dijera de pronto que nuestra existencia tanto social como biológica ya no era necesaria en este mundo”. Haruki Murakami
Martes, veintidós de septiembre de dos mil veintiséis
… No entiendo bien la cita de Murakami, extraída de La muerte del comendador (2018); porque me parece que la vejez no ofrece ninguna sorpresa, salvo ella misma, que lo es sin duda porque nunca estamos preparados para enfrentarla: aunque, una vez que se asienta maliciosa y perturbadoramente en nuestro cuerpo se asume a regañadientes y siempre traumáticamente; y ya será la muerte la única irrupción sorpresiva en el mejor de los casos, y en el peor, la enfermedad.
En cuanto a la obra de Murakami, después del Comendador, vino La ciudad y sus muros inciertos (2023); y ahora estoy impaciente por el próximo título (tres años de ausencia es tiempo suficiente en la cadencia de sus publicaciones). He consultado a la infalible IA (lo sabe todo), y me ha dicho que en Japón ya se ha publicado: La historia de Kaho (The Tale of KAHO) la nueva novela de Haruki Murakami, publicada en Japón el 3 de julio de 2026; pero que la edición española en Tusquets no está prevista hasta la primavera de 2027. Siento mucho que tenga que esperar tanto (lo mismo desaparezco antes); ahora mi vida pende de un hilo.
También me ha dicho la IA en cuanto a la trama de la novela que espero: “La historia comienza con una cita a ciegas en la que el hombre que acompaña a Kaho le dice que nunca había visto a una mujer tan fea como ella. A partir de ese encuentro empiezan a suceder acontecimientos extraños, mezclando, como es habitual en Murakami, la vida cotidiana con elementos fantásticos”.
Me ha hecho gracia lo de la “cita a ciegas” porque es lo que yo practico ahora siempre que puedo, pero pocas veces, tan solo dos al año. Yo no digo jamás a una mujer con la que tenga una cita a ciegas que es fea; y ni siquiera vieja, que es lo que siempre sucede porque también soy viejo (los jóvenes con los jóvenes; los viejos con los viejos).
Los cuerpos jóvenes los tengo vetados ya; salvo que pague por un servicio urgente y mecánico, lo que no hago. La razón no es de orden moral, ni escrupulosa (moral y también física); por una razón sencilla, respeto el derecho de una mujer o un hombre a ganarse la vida como mejor pueda o le de la real gana. No voy a erigirme a estas alturas en juez de nada ni de nadie (solo de mí mismo y con indulgencia), y menos en cuestiones sexuales, eso nunca, salvo que existan razones delictivas.
El caso es que las citas a ciegas entre viejos son tristísimas. Sin deseos ni expectativas.
El domingo, con la mujer con la que había quedado avanzamos por las calles de su barrio caminando despacio, sin alegría, charlando de lugares comunes, sin sorpresas y procurando no hacernos daño con charlas previsibles y aburridas. Quizá sabíamos, aunque no lo mencionáramos que estábamos haciendo un brindis al sol que no nos reportaría ninguna gloria.
Sí, y ahora otra vez recurro a Murakami: nuestra existencia ya no era necesaria en este mundo, al menos la mía.
Por eso, después de cumplir con el educado protocolo de un encuentro a ciegas, inesperado y voluntarioso, cada uno regresamos a nuestras casas para quedarnos quietos en soledad, que es lo que nos corresponde ahora. Y la muerte que venga cuando le parezca (preferiría de noche). A fin de cuentas, es un atributo que trae de serie la vejez.
La Fotografía: De vez en cuando me hago fotos a mí mismo, a veces con sombrero y otras sin él. Me gustan los sombreros, pero no me gusto del todo con ellos.