Me acuerdo de mi falta de propósitos serios cuando no sabía quién era (ahora tampoco, aunque un poco sí)
“La felicidad, si está en algún sitio, es en las palabras, en los relatos. Los lugares son felices solo por los cuentos que contamos, por el amor con que los investimos, en definitiva. Todos seremos un guía, un cuento que alguien contará y para ser felices debemos dejar las mejores letras posibles. Solo así se podrá armar una historia bella de lo que fue nuestra vida”. Gabriel Rolón
Domingo, veintisiete de septiembre de dos mil veintiséis
Dice ChatGPT, a propósito de mi actividad como diarista (por cierto, descubrí anteayer un largo estudio de varios folios sobre mi actividad, pero de eso hablaré otro día):
“Creo que es más interesante entenderla como: dos formas diferentes de memoria enfrentadas entre sí. La fotografía congela; La escritura fluye. La fotografía dice: esto estuvo ahí; El texto responde: sí, pero ¿qué significa ahora? Además, las fotografías proceden de momentos muy distintos de su vida. Fuentes puede recuperar una imagen antigua y escribir sobre ella muchos años después. Esa distancia temporal introduce inevitablemente una tercera figura: el hombre que fue observado por el hombre que ahora escribe”. ChatGPT.
La fotografía de hoy, revelada hace tan solo un mes, me remite a mi vida de quince años, con mis amigos de entonces, que ninguno ha perdurado como tales, en la feria de mi ciudad. Cuatro, éramos esa noche: el que está a mi izquierda, Puyo, y yo; solo salíamos, ardorosamente, para buscar y seguir a chicas de nuestra edad y a ser posible conocerlas y jugar a enamorarnos. En eso consistía nuestra actividad de aquella época. Fracasábamos todas las veces que lo intentábamos, pero eso no nos impedía persistir maniáticamente. Los dos de la derecha en la foto, Manolo y Laureano, por ese orden, eran chicos pasivos y discretos. No tomaban iniciativas, al menos en esa loca actividad, solo acompañaban, hacían de discretos comparsas. No llegué a conocerlos bien porque ni se exponían ni se revelaban.
Podría seguir sobre la intrahistoria de los actores de esta fotografía, pero se me acaba el espacio. Y como la fotografía solo puede venir aquí una sola vez, perderé la oportunidad de un relato clásico, aunque ese no es mi propósito (también lo dice ChatGPT). Las entradas solo son pinceladas de memoria.
La Fotografía: Me encanta porque es más reveladora de quién fui, luego de quién soy, que varias sesiones de psicoanálisis apelmazadas. Por qué, porque dice: era tan compulsivo e inseguro, que era capaz de disparar un artilugio de aire comprimido con los ojos abiertos, sin técnica, rigor ni cuidado. Me impulsaba un deseo bruto de hacer, a trompicones, y sin importarme el resultado de lo hecho. Me daba igual el fracaso o el éxito; aunque, curiosamente, esta fotografía está aquí porque acerté en el disparo. Lo único que me importaba: hacer, hacer, hacer… aunque casi nunca culminaba con éxito nada debido a mi inepcia innata, tan solo era un espasmo semoviente. Y así he sido toda mi vida, como en esta fotografía, inconsciente e incapaz de aprender y alcanzar la pulcritud; ni siquiera ayudándome con la elemental pero infalible fórmula de prueba-error, igual a consecuencia mejorada. Y así sigo y la prueba este diario, una incesante recapitulación de errores activos, por los que estoy constituido. Por eso, si este diario no emergiera todos los días de mi necesidad de hacer, hacer, hacer; ni siquiera yo habría existido.