La vida superflua 15.1
“El hombre no está preocupado tanto por problemas reales como por sus ansiedades imaginadas sobre los problemas reales”. Epicteto
Miércoles, treinta de septiembre de dos mil veintiséis
Estoy escribiendo esta entrada el miércoles, aunque está referenciada al fin de semana; pero las circunstancias han hecho que sea así. Da igual, los días van a parar a un montón informe y dos días después, ya es imposible identificarlos y menos describirlos. O, dicho de otro modo, hoy ya no me acuerdo de cómo fue un anodino fin de semana más. Por eso, esta entrada en su faceta narrativa acaba aquí (o no) por incomparecencia de la propia vida que se abstuvo del sofoco de hacerse presente…
La clave, a fin de cuentas, siempre está en alguna explicación para el hecho de seguir respirando sin culpa ni propósito, que se puede encontrar en la cita de Epicteto: todo es culpa del subconsciente (no lo dice así, todavía no se había inventado el concepto, pero lo parece porque ya existía). En este caso la soledad vivida como un problema sin serlo.
El domingo por la tarde sufrí un ataque real de ansiedad (no me sucede nunca), que hizo que me acostara presa del pánico una hora antes, casi de día todavía.
El día anterior, el sábado por la noche, hice algo sin importancia, pero eso lo cuento fotográficamente…
La Fotografía: El embrutecimiento del sábado y domingo, impiden acordarme de algún relieve o textura vivencial de interés que me permita recordar. Lo único tuvo que ver con la foto de hoy, que ha venido a parar aquí de rebote, inesperadamente. El sábado me trajeron unas prendas (dos camisetas y una camisa) que había comprado a distancia (tuve que pelarme un mes con el vendedor para que me llegaran). Por la noche, después de haber pasado un día vacío, agotado ya del vértigo oscuro que me rodeaba, a las once y media decidí acostarme. Me tomé mi somnífero dispuesto a meterme en la cama. Mientas me desnudaba, me dije, por qué no te vas a tomar una copa y así estrenas una de las camisetas chulas que te has regalado. Hace meses que no sales un sábado por la noche, y en invierno no lo harás ni una sola noche (intuí que sería mi última noche de “marcha”). Eso hice, me volví a vestir con una camiseta de alegre colorido y me fui a tomar la copa a la que me invité. Llegué a mi sitio habitual, más aburrido que mi propia casa a lo largo de todo el día en el que no hablé con nadie. Noté un cambio a mucho peor (comparado con mi casa): en el espacio que se puede ver, antes no había mesas, solo algunas altas lo que permitía que hubiera movimiento de la gente, arriba y abajo y a veces hasta bailoteo, lo que hacía que el local pareciera que estaba vivo. La sinsustancia provinciana había caído pesadamente en el lugar: habían colocado mesas corrientes, convencionalmente ordenadas en dos filas, lo cual obligaba a las gentes a quedarse quietas, cansándose unas de otras. Me senté en un rincón, el último, oscuro, solo frente a una mesa y el ron con hielo al que me había convidado. Medio bebí la copa, me aburrí brutalmente hasta la pérdida de la consciencia e hice esta foto. Cuando comencé a bostezar, media hora después, volví a mi casa no fuera a hacerme efecto el somnífero y me durmiera en el recorrido de vuelta (y me matara). Este relato debería incluirse en alguna antología de cuentos tristes y soporíferos; si no fuera tan aburrido.