7 OCTUBRE 2026

© 2026 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2026
Localizacion
PELICULA: SMOKE, de Wayne Wang (1995)
Soporte de imagen
-DIGITAL 10000
Fecha de diario
2026-10-07
Referencia
11849

DIARIO DE MI FELICIDAD 27 y 3
Los seres humanos necesitamos contarnos historias. Los amigos deben poder confiarse cosas. Pero también puede leerse de otra manera: los amigos aceptan nuestras historias, incluso cuando quizá sepan que estamos adornándolas. Paul sabe que Auggie puede estar mintiendo. Aun así, acepta el regalo. Y eso convierte la historia en un acto de amistad y generosidad: Auggie no le está regalando a Paul solamente una historia, le está regalando un bello cuento que Paul necesita creer. Análisis (Gemini, IA); sobre la película Smoke, de Wayne Wang (1995).
Martes, seis de octubre de dos mil veintiséis

¡¡¡Cuánto queríamos a Paul Auster!!! Al menos, yo sí.
Era un escritor brillante, apegado a nobles valores, o más bien apasionado por convicciones sólidas y ejemplares, siempre morales; o a entornos míticos como Brooklin. Y, aunque, como cualquier persona trabajada ética y creativamente desde una perspectiva humanista, y literaria, sabía  que, por su propia naturaleza humana, las personas no somos buenas o malas de una manera limpia y univoca. Somos manojos de nervios, dudas e incertidumbres. Pero, aun así, el fiel de la balanza siembre se inclina hacia un lado u otro, y en el caso de Auster, lo hace hacia verdades profunda y limpiamente trabajadas. Fue un grandísimo creador de historias y mundos paralelos y reales y, en consecuencia, un hombre mejor que peor. Y valga la simpleza maniquea.
Mi felicidad de ayer no fue tanto porque aparecieron en el devenir del día algunas buenas noticias domésticas que esperaba; sino, sobre todo y especialmente porque por la noche, después de cenar vi una grandísima película que tenía olvidada: Smoke, de Wayne Wang, a partir de un relato o guion de Paul Auster ¡¡¡Cuánto la disfrute!!!
Wang y Auster, además de Keitel y Hurt, me regalaron una historia de amor y amistad vibrante.
Todos son buenos, los personajes se dejan querer hasta el encariñado abrazo.
Paradójicamente, suelo denostar las películas cremosas, pero no es el caso; todo lo contrario, porque las criaturas que encarnan la película luchan por ser sobrios y dignos, respiran autenticidad, y si no es así del todo, porque nada es puro nunca, lo parece y me los creí.
La historia nuclear es la amistad entre los personajes interpretados por Harvey Keitel: protagonista, estanquero y fotógrafo como yo. Fotografía los días uno a uno, certera y escuetamente, porque intuye que el paso de los días es la unidad de tiempo sobre la que se constituyen las vidas; y Williams Hurt: escritor, triste y bueno.
Luego están todos los demás, el chico negro que crece sin padres; su propio padre (un excelente Forest Whitaker, siempre un lujo en cualquier película) y todos los demás que bordean la marginalidad más honorable, y a veces, no tanto. También una serie de circunstancias azarosas, sorprendentes todas, que embellecen la película hasta el exquisito placer.
Vibré con esa película, recostado en mi sillón de ver película que me hacen feliz. Así deseo que sean todas mis noches antes de dormir (suelen serlo) que hacen que mis sueños sean sonrientes y apacibles. Momentos en los que no temo nada.
La Fotografía: Harvey, después de robar una cámara Canon AE1 (la mía, de 35 mm también, de esa misma marca, pero A1). A partir de ese cuento de navidad, maravilloso y entrañable que le relata Keitel a Williams (robo de la cámara en navidad), el estanquero realiza una foto diaria de la calle, desde el mismo punto de toma y a la misma hora, con el propósito de celebrar la vida. En la imagen de hoy, le enseña su inacabable obra a su amigo, y le argumenta que ningún día es igual a otro en su calle, por la luz, las personas que pasan, el ángulo del sol y por tantos y tantos factores diferentes y sorprendentes siempre. Esa es una faceta de la historia, que, evidentemente, me es tan próxima y propia: creativa, existencial y fotográfica. Keitel, una foto; yo, unas impresiones, siempre desde el mismo punto como él: mi cheslón.

Pepe Fuentes ·