DIARIO ÍNTIMO 147.1
“Cultivemos ante todo la voluntad de rechazar”. Juan Ramón Jiménez
Miércoles, siete de octubre de dos mil veintiséis
El amor siempre pasa por el contacto físico, sea del carácter que sea, sin él, amor no hay, o es de otra naturaleza, como el que dicen que se puede profesar a Dios, pero ese, sospecho que es impostado.
Ayer, vino mi amigo Ángel a cenar y ver un partido juntos, y siempre que viene nos tocamos, bien con algún tipo de contacto físico o abrazo. Mi amigo Armando y yo nos besamos cuando nos vemos. Ambos son amigos ciertos porque nos queremos y cuando nos vemos nos tocamos; si no, no seríamos amigos, solo indiferentes conocidos.
Otras íntimas cosas: hoy, día en blanco. Nada por aquí, nada por allí, y el conejo, colaborador necesario para el truco, aunque algo tonto, se escapó anoche. Los conejos, mejor salpimentados, que es como me los como.
El vacío, con conejo o sin él, se extiende en torno a mi realidad inmediata que no da a ninguna parte… Pero no me siento mal porque vivo en una crisálida que es particular y además tiene ventanas que dan a las nubes mismas.
Ayer, caminando, me encontré con las dos últimas mujeres en mi vida: las que van en fila, una delante y la otra detrás. La primera, delgada y un poco huesuda, hace de lista porque habla nerviosamente sin nada que decir; la otra, de materia blanda y esponjosa permanece en silencio. Quién es mejor (más interesante, quiero decir). Ninguna. Aquí, la materia orgánica no es determinante.
Ambas han perdido la libido hace mucho tiempo, supongo, aunque seguro no estoy.
La lista habló de deporte de élite (esa actividad humana le encanta, especialmente el tenis) y poco más. Bueno sí, de las peculiaridades del reciclaje de desperdicios. Parecía que de ambas cosas sabía. Yo no. La que va detrás no lo sé porque no se pronunció. Ella se concentra en caminar y no perder el ritmo de la que va delante. Apenas intervine en esas absurdas conversaciones.
Hacia el final, decidí echar un poquito de sal al mejunje de nuestra caminata compartida (estaba soso); y pregunté si en las actividades de mayores, a las que ellas acuden, se liga, heterosexualmente, se entiende, porque las viejas se prohibieron la excepción desde que eran niñas (no conozco a ninguna vieja lesbiana); me dijeron que no porque hay poca concurrencia masculina (un hombre por cada ocho mujeres); y, por si fuera poco el desequilibrio, están casados. En su edad y en la mía, ligar es igual a imposibilidad. Menos mal que a ellas, a las dos, no parece preocuparles la abstinencia amorosa. Aunque eso tampoco lo sé. Y entonces el paseo compartido se acabó…
Creo que evitaré encontrarme con esas mujeres porque no siento ninguna curiosidad por lo que dicen. Además, percibo que no soy hombre hacia el que puedan sentir alguna inclinación… A mí me pasa lo mismo.
La Fotografía: Claro, con esta pinta de excéntrico irredento de la foto nadie quiere ni querrá tratos conmigo. Agradezco inmensamente que exista las inconmovibles leyes del prejuicio que me salvan de molestas incomodidades.