Diario de la Soledad 17
“El amor no es más que una ilusión, un engaño, pero lejos de desmerecerlo, este carácter ficcional lo vuelve milagroso, imprescindible para encontrarle un sentido a la vida. Un instante en el que derrotamos a la soledad”. Gabriel Rolón (La soledad, 2025)
Lunes, doce de octubre de dos mil veintiséis
Anormalmente, sin causa ni razón, los lunes suelo estar de buen humor (no he conseguido saber porqué). Hoy, no lo estoy. El mando de mi alma lo ha tomado la tristeza y no el humor (ni bueno ni malo)
Rolón, en la obra de título homónimo, relaciona la soledad y el desamor como detonante del sufrimiento, especialmente cuando la soledad es el estado habitual del posible sufriente.
La confluencia de ambas circunstancias, a las que, si además unimos una más, la peor de todas, la vejez, puede hacer que la combinación te mate entre terribles estertores de desconsuelo.
Tarea de titanes soportar sobriamente el accidente multiorgánico, sin desfallecer por deshidratación en la travesía de ese desierto siniestro y descorazonador. Ni siquiera la noche, tiempo de descanso, alivia el trance y la tarea de la víctima, porque en ese tiempo de oscuridad aparece el insomnio cuando más debilitado te sientes.
Ahora me acuerdo de una experiencia propia, ya confirmados todos los síntomas que habían aparecido en mi vida hace casi cinco años, y que tuvieron que ver con una humillante deshora nocturna.
Consistió en la irrupción en mi soledad, en su acepción de vigilia indeseada, de una mujer que me odiaba de un modo refinado y cruel (era maligna y perversa porque gozaba con el sufrimiento de otros, sus víctimas); en mi caso utilizaba la técnica de asaltar mi vida con estrépito y falsos mensajes de amor a cualquier hora, especialmente muy de noche. Era una perniciosa y abominable farsa desalmada que yo prefería creerme porque neutralizaba en ese momento la soledad y el desamor, además de embridar el suicida galope de mi vejez. Durante unos meses fui adicto a esa droga, a pesar de que me causaba un estúpido daño.
Respondía a la clásica patología que provocan los estupefacientes adictivos: neutralizar el dolor real a través de un dolor mayor, pero con el atributo que ofrecen las drogas duras bajo la apariencia de engañoso gozo. Un clásico de la patología adictiva.
Finalmente, esa mujer, harta ya de gozar con el daño que me ocasionaba, me arrojó despreciativamente a mi realidad sufriente con unas olímpicas y humillantes palabras cargadas de desprecio.
Esa experiencia fue tremendamente ilustrativa de cuales eran mis lamentables circunstancias de aquel momento, las de un individuo desbordado emocional y psicológicamente, que creía que la solución estaba en el amor. Lo que no sabía todavía es que el amor ya no era posible por su propia naturaleza, vigorosa siempre; además de que, ese inconsolable cuadro clínico solo podía empeorar.
La Fotografía: De la película La eternidad y un día, de Theo Angelopoulus. La metáfora de la imagen se explica por sí sola.