17 OCTUBRE 2026

© 2023 pepe fuentes
Autor
pepe fuentes
Año
2023
Localizacion
Museo del Prado, Madrid
Soporte de imagen
-DIGITAL 500
Fecha de diario
2026-10-17
Referencia
4688

DIARIO DE MI FELICIDAD 28.1
“Hay cosas imperdonables. Trabajemos para eximir aquellas que sí podemos perdonar. Pero jamás estemos con alguien a quien no podamos perdonar”. Gabriel Rolón
Jueves, quince de octubre de dos mil veintiséis

El martes, trece de este mes, todo se desarrolló con precisión y armonía. Me felicito porque no suele ser frecuente; bueno sí, tal vez sí, pero algo afeado por la previsibilidad en todo lo que hago. Soy un especialista de la normalidad obsesiva.
Salvo que, algunas veces me veo asaltado por la sorpresa y eso es maravilloso porque se parece a la materialización de la felicidad.
El martes me sorprendió A., y no digo su nombre literal porque es una mujer a la que no conozco bien todavía, y podría darse la circunstancia de que leyera este diario y no le agradara ver su nombre en este artilugio mío, tan gustoso de penetrar en mis sombras y por proyección en las de los demás. Al fin y al cabo, soy un ser humano homologable al resto de todos los seres humanos y a ninguno.
¿Por qué mi encuentro con A., me produjo una íntima felicidad? Porque es una mujer que vive lejos, al otro lado del océano (NY); porque es inteligente, creativa, cultísima y a pesar de todos esos bellos y auténticos atributos, decidió con naturalidad cenar conmigo el martes, en un estupendo restaurante de Madrid.
Fue un atrevimiento por su parte porque apenas me conocía, luego fue valiente y espero que intuitiva porque dedujo que yo no entrañaba peligro, el de la vulgaridad, por ejemplo (medalla directamente a mi solapa por mi propia decisión producto de un ataque de autoestima). Yo, por el contrario, sí sabía más de ella, conocía su inmensa y apasionada dedicación a la psicología clínica e investigadora. Me apasionan las personas que se dedican con mérito y brillantez a las cosas que a mí tanto me interesan.
Era la segunda vez que la veía, hace ya un año. Nos abrazamos porque ambos, creo, sentimos placer al reencontrarnos.
Tomamos la mesa reservada y enseguida la conversación fluyó con la mayor naturalidad (creo que sabíamos que sería así). Mientras cenábamos, nos contamos a grandes rasgos cómo habían sido nuestras vidas, ahora que estamos en los momentos más interesantes de nuestras vidas porque contamos con cuantiosas experiencias y porque todavía vibran nuestros recuerdos sin que los haya empañado la desmemoria. O eso me parece, al menos en mi caso.
La cita de hoy no es superflua por dos razones, es de un psicoanalista, aunque a A., no le apasione Freud y sus descubrimientos (ella está en otra frecuencia de intereses, el trauma, sobre todo, con obras dedicadas a esas desgracias); y porque en un momento de su vida, también vivió una experiencia en la que tuvo que armar una reacción hacia alguien a quien tampoco podía perdonar. En eso y en muchas cosas más me pareció que sus decisiones vitales habían sido ejemplares. Eso hizo que, escuchándola, me sintiera feliz de compartir mesa y confidencias.
También nuestra confiada charla nos dio para reír y estar comodísimos juntos.
Y la cena, terminó dos horas después.
Salimos del restaurante, nos despedimos efusivamente con otro abrazo y nos prometimos volver a vernos en algún momento, pronto dijimos, pero eso no implicaba inmediatez, sino que nos sentíamos receptivos y dispuestos a provechar cualquier circunstancia favorable y oportuna.
La Fotografía: Hoy no puede haber en esta entrada de A., sencillamente porque no es lo adecuado y porque tampoco tengo una fotografía suya. Tampoco mía porque de ocho a diez de la tarde me sentí feliz (de esas tampoco tengo); y porque, mejor una fotografía que represente de modo indubitable la felicidad a través de la belleza.

Pepe Fuentes ·