DIARIO DE VIAJE: a Castilla León Oeste.
Lunes: dieciocho de Septiembre de dos mil veintitrés
Día 1.1
A modo de preparativo del viaje o Prólogo:
Sí, esta vez incluiré un prólogo en la crónica-relato discontinuo de este viaje desganado, y luego, después de todo, al final, un epílogo y hasta un apéndice (de eso no estoy seguro). Y, más tarde, todo habrá acabado.
A modo de adelanto de la conclusión o desenlace del viaje, diré que he vuelto. Luego nada ha resultado definitivo ni trascendente. Podía haberme matado en un accidente o suicidado arrojándome a un río profundo, que no me he encontrado; aunque, como desenlace teatral y aparatoso, y dado que he subido a altas torres donde habitaban palomas y campanas, podría haberme precipitado al vacío; pero no, eso no me servía porque más que una solución habría sido una dolorosa y perfecta estupidez.
Antes de seguir, he de decir que no me apetecía en absoluto iniciar un viaje que de antemano sabía que no iba a divertirme: es un imposible para un hombre al que todo el mundo llama de Usted. Los Septuagenarios ya no nos divertimos, solo malvivimos porque estamos recluidos en la reserva del respeto y ahí no hay quien viva. Uno de los pocos sentidos que tiene la vida es cazar y cazar, lo que sea (el alma del hombre es la de un infatigable cazador), y en las reservas ya no se caza, está abolida esa épica y maravillosa actividad. Por supuesto: no me refiero a la caza de bisontes ni de animales vivos. Hablo de otra cosa.
Antes de salir me veía deambulando por ciudades o pueblos, caminando sin rumbo y esperando a que llegara el momento de irme al siguiente pueblo o ciudad (me sentiría como Kerouac, más o menos: “…Pero no nos importaba: la carretera es la vida”.
Sabiendo que, en ninguna de esas madrigueras superpobladas (nada que no sea espacio despoblado o vacío es soportable) habría nada que me acariciara el corazón. No obstante, a pesar de todas esas prevenciones, que cada día que pasa me resultan más evidentemente insoportables, estaba seguro de la necesidad de realizar mi diminuta y privadísima “road movie”, porque necesito madera para la locomotora de este diario. Ah, y porque si me paro solo me apetecerá adelantar los plazos para pagar mi deuda por el hecho de haber nacido, a mi pesar…
La Fotografía: Un hombre solo, en contraluz, observa el interior de la catedral de León en perspectiva. Podría ser yo, si fuera más alto, porque solo y cerca estaba; pero no, porque si fuera yo esta foto, así como se ve, no existiría.