Lugares de tránsito, donde todo el mundo es ajeno…
por la tarde, calles arriba y abajo, y portales cuando aparecía la lluvia. Entre tanto, una visita a la estación de Sao Bento… gente de paso, nadie mira a nadie, sólo a los paneles informativos de llegada y salida. Estuve un rato observando a la gente que subía a los trenes y permitiendo a mi cabeza que se moviera perezosamente entre la pregunta ingenua, la suposición ociosa y una avalancha de conjeturas sobre la vida de los viajeros: primero miraba el destino del tren, imaginaba la ciudad, por ejemplo Braga, y luego imaginaba el tipo de vida en esa ciudad, de las personas que subían al tren. Un pasatiempo absolutamente tontorrón, pero muy entretenido. Ah, y lo más importante, el juego de luces y sombras y el sol iluminando zonas de la magnífica azulejería de las paredes.
…Dicho así puede parecer que creo en algo que tiene que ver con lo esotérico o mágico o insondable, pero no es exactamente eso, sino que sí me parece que los elementos o circunstancias que intervienen en la vida propia tienen un destino que cumplir que está un poco más allá de nuestro control, y desde luego de la voluntad absoluta. Sencillamente, el azar a veces juega a favor y otras en contra, pero casi siempre sabe lo que hace y responde a un sentido del equilibrio a veces incomprensible pero cierto. Con los virajes estoy viviendo gratas sorpresas y catástrofes desoladoras como que se malogren decenas de copias. La vida del laboratorio es así, y menos mal porque es lo que posibilita que finalmente una copia fotográfica sea insustituible. Es en esa pequeña copia en papel donde uno deposita su impronta y sentido más propio e intransferible de la imagen que ha creado. La copia se construye desde el sentido y las percepciones de la toma, desde la elección de la película, del revelado y posterior lectura del negativo, desde la elección del papel a utilizar, el grado de contraste y énfasis en determinadas zonas de la copia (reservas), desde el revelador de copias y finalmente desde la tonalidad final a través de los virajes…
En este mes he mencionado varios días a S. Bellow y su Herzog. La razón, sencilla; ha sido un encuentro literario extraordinario y no puedo evitar mi entusiasmo y además decirlo. Lamentablemente he llegado muy tarde a este autor, pero tengo el firme propósito de recuperar el tiempo. Herzog fue publicada en 1964, y el periplo del desconcertado protagonista, su postmodernidad es tan o más actual que el último personaje creado por Paul Auster, este mismo año.
(once horas). Me como un plátano y escucho a Gustav Mahler (no está mal). Mi motivación es que no soporto la idea de la nada absoluta: sentarme a esperar la muerte sin hacer nada. Mi admirado Bukowski, hablaba de la gente que se encontraba cada día en el hipódromo y de que los sentía muertos, completamente muertos. Cuando llegaba a su casa, escribía sin parar. A mi me pasa lo mismo, pero sin hipódromo. Así combatió el maldito cáncer durante unos años (sin saberlo a ciencia cierta, sólo lo presentía, como yo). «Lo terrible no es la muerte, sino las vidas que la gente vive o no vive hasta su muerte. No hacen honor a sus vidas; las mean encima. Las cagan. Estúpidos gilipollas. Se concentran demasiado en follar, ir al cine, el dinero, la familia, follar. Sus mentes están llenas de algodón. Se tragan a Dios sin pensar, se tragan la patria sin pensar. Muy pronto se olvidan de cómo pensar, dejan a otros que piensen por ellos. Son feos, hablan, feo, caminan feo…» Charles B. Me voy a dar una vuelta.
El cura avanzaba determinado hacia algún lugar situado frente a nosotros (él y yo). Quizá a un despachito parroquial, o quizá no, porque más bien parecía un cura-jefe de algún estamento o negociado clerical. En muchas ocasiones he dicho que me fascinan las personas (por incomprensibles y por afinidad insensata), dedicadas en cuerpo y alma (o no tanto), a causas y motivos tan intangibles y supuestamente inmateriales. Aunque realmente, y a lo largo de dos milenios, se hayan encargado, impúdicamente, de ejercer un poder ominoso y de atesorar y administrar inmensas riquezas (eso me parece muy bien, porque si yo hubiera tenido poder o riqueza, o ambas cosas, habría vivido encantado). Iconográficamente me interesan mucho más los hombres-clérigos que las mujeres-monjas. Estas, siempre me han parecido pobres imágenes, sosas, grises, insustanciales. Portan hábitos nada evolucionados, siempre los mismos, huérfanos de diseño y jerarquía, aburridos e insustanciales; consecuencia, sin duda, de la preeminencia masculina entre los católicos que relegaron a la mujer a un papel subordinado y esclavo, como en todas las desdichadas religiones. Los atuendos de los hombres son otra cosa; desde la sencilla sotana, como es el caso de este cura, hasta riquísimas vestimentas, casullas, tocados, báculos y todo un atrezo complejo, teatral, variado y de simbologías enigmáticas. La puesta en escena en el mundo de estos hombres es puro espectáculo. Tanto las técnicas y formatos de representación como el contenido de sus guiones, mensajes y fábulas, son creaciones literarias de gran imaginación. Cuentan historias fabulosas en escenarios de gran belleza y, en ocasiones, señaladas con mucho colorido y hasta con olores aromáticos. El único problema es que sus representaciones son siempre las mismas (quién puede soportar una obra que lleva dos mil años en cartel). Si se esforzaran algo más en los guiones, yo podría frecuentar de vez en cuando sus funciones (que son engañosamente gratuitas, por ahora), porque sus escenografías me parecen alucinadas, asombrosas, inauditas…
…A continuación empiezo a señalarlas en un listado, al azar, sin mirar el título. Me importa muy poco si la sucesión de imágenes tiene lógica o no, al fin y al cabo todas las he hecho yo, luego todas están unidas por una misma mirada y si ésta no tiene sentido, tampoco lo tendré yo. En cuanto a la escritura; lo que se me vaya ocurriendo, también azarosamente. Si no se me ocurre nada, pues nada, el espacio reservado a las palabras, vacío, ¿por qué no? No olvido que aquí, siempre, primero son las fotografías, luego las fotografías y después, no sé. Esta es la primera que ha señalado el azar.