Castello Ducale Di Aglié, o la perfecta y emocionante ceremonia fotográfica…
LOS DÍAS 2 (2026)
“…se aborda el reto de contar lo que pasa cuando todo es seco y no pasa nada, o casi nada…”. Enrique Vila Matas (Perder teorías)
Miércoles, dieciocho de febrero de dos mil veintiséis
Enrique Vila Matas, autor predilecto para mí, y que, por cierto, ahora tengo una última novela suya en cola de entrada para mis ojos o mis oídos: Una casa para siempre. Escritor de máximo interés porque siempre he observado en sus obras indagaciones sobre lo posible e imposible; sobre las presencias y ausencias y juegos de prestidigitación existencial que tanto me gustan. Cuestiona la pertinencia y el sentido de la escritura, de la acción y hasta de la vida misma.
Hoy he terminado la novela de Luis Landero, de la que hablé ayer: Coloquio de invierno. Un grupo de personas accidentalmente reunidas por una parada obligada en sus respectivos viajes, por circunstancias de fuerza mayor (un temporal) deciden contar historias propias o ajenas. “Desde ese punto de partida, la novela se despliega como una sucesión de relatos personales que no buscan deslumbrar. Solo justificarse. Solo existir y, si acaso, desahogarse. Cada personaje toma la palabra para contar un episodio decisivo, una experiencia íntima o una historia guardada desde hace tiempo que luchaba desesperadamente por salir”. Amenísima, interesante de principio a fin, aunque siempre dependiendo de la naturaleza y carácter de sus personajes (unos cuentan mejores historias que otros). Ayer y hoy, esta novela ha añadido contenido vivencial a mi vida, en la que no pasa absolutamente nada nunca.
Mañana comenzaré Islandia, de Manuel Vilas; y la novela caminada será Todos aman a Clara, de David Foenkinos.
Salvo eso, mañana no haré nada de nada, simplemente porque no se me ocurre qué hacer, ni qué pensar, ni qué desear. No sé, quizá cocine un poco. Ya veré.
La Fotografía: También en mis juegos fotográficos siempre he intentado proponer ilusiones de espacios y realidades sobre lo que aparentemente existía o existió (una engañosa forma de verdad), pero que al mismo tiempo era un trampantojo sobre lo que probablemente existió, pero ya no. Nunca pretendí ser un fotógrafo realista.
…La tenue claridad que entraba a través de las puertas acristaladas, frente al Giardino, permitía vislumbrar al fondo, entre columnas cubiertas de polvo viejo, accesos hacia la oscuridad absoluta. Al otro lado se intuían dependencias angostas, o enormes salas tal vez. El vacío y el silencio opresivo, me impidieron avanzar más allá y franquear los umbrales de sombra…
…Allí, en el Giardino, habitaban la luz y la oscuridad, las ausencias y las presencias, el misterio y la belleza. No dudé que era uno de los momentos de gozo del viaje. Fotografié sobrecogido por las indescifrables señales que percibía a mi alrededor. Las notaba dirigidas a mis sentidos, a mi conciencia estética, a mis sueños de perfección fotográfica. Fui recogiendo una a una las imágenes que me esperaban desde hacía mucho, mucho tiempo. Después de tres horas sentí que no me faltaba ninguna. Eran mis imágenes; las que los dioses me tenían reservadas en ese mágico y perdido lugar. Después, cuando la ceremonia de apropiación acabó, salí de allí con una sensación «sumamente gozosa«.

































